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El día que te conocí…

El día que te conocí nos miraste a todos fijamente a los ojos, nos reconociste. Y yo te amé y supe que lo haría con locura el resto de mi vida.

Me inundó la felicidad y cada ratito que pasabas en mis brazos sentía crecer exponencialmente este amor.

El olor a incienso y a pan de tu cabecita, a polen, a primavera recién llovida, ese olor que no lo ha tenido ningún otro ser humano me ató a ti, te marcó en mi cerebro como mi más rica posesión, mi más valioso tesoro.

No solo te amaré siempre, estaré contigo, aunque sea en la distancia. Te cuidaré, perdonaré todos tus fallos y jamás perderé mi fe en ti.

Mi primogénito, mi bekor…

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De ti

BSO Rozalén ~ Prométeme

De ti. Me sigo acordando de ti.

No he sido capaz de hablar de ti hasta hoy.

Te quise tanto que no había palabra que pudiera definirlo. No me entendieron cuando les hablé de ti.

Fuiste mi primer amor. Me enamoré de ti.

Puedo recordar como si hubiera sido ayer el día que lo supe. Te veía desde mi ventana, tan arreglado, con tu chaqueta, tan feliz… Ese día llovió y estaba orgullosa de ti.

Todavía siento aquí, en la mejilla, el último beso que me diste.

Todavía oigo, si me concentro, tu guitarra, tu risa.

No eras perfecto, no lo eras, pero encarnabas todo lo bueno, todo lo que quería.

Echo de menos de ti lo maravilloso que sacabas de nosotras, incluso de él.

Me agarro a tus bromas, a tu generosidad, a tu inteligencia -tanto la admiraba, que no he sido capaz de amar realmente a ningún hombre que no estuviera a tu altura-. Me agarro a tus virtudes, tus manías. Me agarro a cada momento…

La última tarde que te vi estabas con el balón de baloncesto bajo el brazo izquierdo. Subimos juntos en el ascensor. Tenías semana de exámenes “prepárate para cuando tengas 16, prima”.

Durante un tiempo te sentí en la brisa y en la lluvia suave, en el océano Atlántico, en el sonido de las cuerdas pulsadas, en las canciones en inglés, en las toses fingidas, en las bromas… Desde hace poco te veo en alguno de mis alumnos, te veo en sus ojos llenos de vida, en sus sonrisas pícaras, y los amo, porque te estoy amando a ti.

Me hubiera gustado tanto que supieras cuánto significas para mí. Me hubiera gustado tanto ser como Pilar, tener mil recuerdos más que me sostuvieran hoy…

No deja de doler. No ha dejado de doler. Sigue haciéndoseme imposible respirar con este nudo en la garganta cada vez que buceo en mi memoria para encontrarte.

Ojalá pudiera volver a verte una vez más, te diría tantas cosas… Aunque sé que de tener tiempo solo querría abrazarte, olerte, pedirte perdón de parte del universo por perderse el hombre que hubieras llegado a ser.

Si existe el cielo… es normal que fueran egoístas y pensaran que ya habías estado demasiado tiempo aquí.

Si existiera el cielo, este dolor sería más llevadero.

 

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Echo de menos

Ahora que ya nadie me lee, diré que estaba echando de menos escribirte. Hacer realidad con palabras lo que anhelaba, disfrazar con fonemas nuestras confidencias.

Ahora que no debería tener secretos, que me libré de todos, echo de menos vivirte y revivirte en el papel de aquel cuaderno azul.

Ahora que tendría que fingir un cancionero, un amor a la literatura para poder escribir sin que nadie me pregunte, ahora que no se publican estas hojas en ninguna red social, te puedo decir que te echo de menos, pero, sobre todo, me echo de menos a mí misma.

Porque yo era capaz de volar, sí, pero sobre todas las cosas me encantaba observarte desde los cielos mirarme ensimismado, extasiado, ilusionado como un niño. Me sentía libre, era una hechicera, poderosa e indestructible, hermana de la Muerte, nada podía dañarme. Me gustaba mi reflejo en tus ojos, más que en ningunos otros.

Quiero volver a tenerme enfrente, 
quiero que tu mirada sea mi espejo. 
Quiero que me busques, que necesites 
rozarme, olerme, clavarme la piel, 
que te parezca poco, 
que quieras más...
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Los segundos besos

El primer beso que di -me dieron- fue en sueños y fue el mejor. Lo he ido buscando boca a boca  desde entonces.

Después de él, los besos eran insulsos entrenamientos, solo buscaban el interés de perfeccionarse. Besos mecánicos, maquinales, obligatorios. Cuando los daba creía que la perfección de aquel primero la encontraría si sabía buscar; besaba con la razón, controlaba la intensidad, el movimiento, la cantidad de dientes, de labio, de lengua; analizaba la textura, el sabor de la saliva, la temperatura. Medía. No me gustaban los besos de boca abierta y renunciaba sobre la marcha al besador baboso. Analizaba.

Los segundos besos fueron el anticipo de lo que estaba por venir, mejoraron, hacían sentir el cosquilleo previo a la subida, cuando se alza el vuelo. Me centré más en lo que provocaban, quizás di con mejores bocas, mejores lenguas, mejores ritmos. Empecé a sentir que ya no estaba yo besando, era mi cuerpo el que besaba, dando, recibiendo oleadas de calor, derritiendo mis corazas.

Los terceros besos… fueron fugaces, innecesarios. Utilizábamos la boca ya para otros menesteres, eran el envoltorio y ahí se quedaban desenvueltos, olvidados después.

Echo de menos los besos segundos, de virgen que no quiere serlo, porque me recuerdan a aquel primero onírico, fantasmal, perfecto.

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María

Se llamaba María.

Tenía el pelo rizado y rojo como una fogata de San Juan.  Sus ojos rasgados no dejaban ver, cuando se reía, el intenso color gris que vestía sus iris.
Se enamoró de José el carpintero después de conocerlo, después de que él se encaprichara de ella, después de que él supiera que iba a casarse con ella y que ella, esa desvergonzada mujer, sería la madre de sus hijos.
Todo empezó una tarde de abril. María iba a hacer unos encargos para su madre acompañada por su mejor amiga. José charlaba con los hombres debajo de una palmera. La vio pasar. Iba vestida de verde y el sol se reflejaba tanto en su pelo que en vez de cobrizo parecía de oro bruñido. «Rubia, te apunto a campos y a flores».
María, sabiendo lo que significaba, no pudo contenerse y le replicó «¡Apunta a tu madre!». Agarró fuerte del brazo a su amiga y aceleraron el paso todo lo que pudieron hasta que dejaron de oír las carcajadas de los hombres.
-María, un día de estos nos vas a meter en un lío muy serio.
José la siguió estupefacto con la mirada, no sabía que podía existir una mujer como aquella.

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La diferencia

Después de tantos meses la diferencia de hoy es que estoy luchando contra la pena, no me dejo llevar por ella.

La diferencia de hoy es que aunque sigo echando de menos tu tacto, tu olor al despertar junto a mí, el sonido de tu risa al escuchar la mía, aunque sigue siendo solo una ilusión, irrealidad, quimera, no me hace daño.

No sé si vendrás, si llegaré a abrazarte algún día, no sé si estoy amando un fantasma o si te encontraré. Pero sí sé que esta forma de amor es también válida, porque me hace mejor, me eleva.

Y si algún día llego a  tener tu oído junto a mis labios, podré decirte que te amo desde siempre, desde antes de mirarnos a los ojos por primera vez. Y verás en mi voz que es cierto.