Una historia de terror

•29 Enero, 2009 • 7 comentarios

Basada en hechos reales

No me levanto de la cama: no es pereza, es miedo…

Sé que ella está tumbada bajo mi cuerpo, pegada al colchón, simétrica, como un reflejo de mí misma. Noto su respiración, sé que me deja oírla para que recuerde que está esperando, esperando a que mis piernas o mi mano salgan de la cama, para agarrarme con su áspera piel, con sus fríos y húmedos dedos…

Una vez lo hizo, se encargó de que percibiera su presencia toda la noche y no pude dormir; estaba dolorida, rendida. Reptó hacia mi lado de la cama, me tapó la boca e intentó arrancarme el alma. Fue capaz de elevarme unos metros, estaba horrorizada, paralizada de terror. Me retorcía la piel con tanta fuerza que parecía que me arañaba desde dentro. Nunca había estado tan cerca de ella, nunca había sido tan consciente de mí misma. Sentía su odio expandirse, atravesarme, zarandearme. Impotente recolecté las escasas fuerzas que tenía para seguir viva y entonces se apoderó de mi cuerpo. Me alejaba en espíritu, ella me expulsaba de mí misma y se iba quedando con mis brazos, iba rellenando mis huecos. Al mirar hacia abajo y verla apoderarse de mí, ver cómo transformaba mi mirada en un cuchillo frío, mi boca en una mueca sádica, recordé a mi madre. No pude soportar la idea de que aquel ser despreciable y horrible estuviera cerca de ella, que se apoderase del amor que sentía por mí para hacerle daño y ese sentimiento me dio fuerza para volver en mí.

No me lo perdona. Desde entonces noto crecer su ansia, su ira. En cuanto baje la guardia me arrebatará mi cuerpo y mi vida y destrozará en mi nombre todo lo que amo, destruirá lo único que me importa: el cariño de los míos.

Por eso no me levanto de la cama: es miedo…

Noto su risa satisfecha, la sofoca roncamente para que solo la oiga yo. Se ríe porque cada día que consigue retenerme en esta tumba de sábanas y edredones está ganando otra batalla…

Hoy

•23 Enero, 2009 • 2 comentarios

¿Cuántas veces tu sistema de alerta se ha disparado? ¿Cuántas veces has sentido miedo? ¿Cuántas veces todo tu cuerpo estaba esperando que algo estallara? ¿Cuántas veces tu piel se ha endurecido dispuesta a recibir un golpe asumido…? ¿Cuántas al escuchar que la comida estaba fría o muy caliente o sosa…?

Da igual las veces que pasen, nunca te acostumbras. El alma se hace diminuta, se escurre y se esconde, como si a oscuras entre las entrañas no le hicieran daño, como si allí no llegaran las palabras, el silencio, las amenazas…

¿Por qué te extraña que me dé miedo, que tiemble? ¿Por qué te sorprende que aunque mi boca sonría mis ojos aún tengan tanto que llorar?

Da igual las veces que pasen… porque mañana, o dentro de un par de días o semanas volverá a encogerse mi alma.

Mi primer amigo

•25 Diciembre, 2008 • 11 comentarios

Mi primer amigo se llamaba Juan y era mi abuelo.

Como me gustaba leer él me transportaba a mundos maravillosos con libros que me dejaba gota a gota, llenando aquella entrega de misterio. Y así conocí a Aladino, a Alí Babá y a Simbad, a Hércules y a Medusa; así supe que existían las hadas y los gigantes, los dragones y las caballos alados, los unicornios y las sirenas.

Como se me daba bien el dibujo me enseñó a coger los lápices, a hacer trazos imborrables, me regaló la alquimia de los colores, me mostró los castillos de sus sueños (dentro de ellos yo veía príncipes secuestrados custodiados por brujas y vampiros).

Como un día leyó en mis manos mi futuro me enseñó a dibujar las letras y me legó su ritual…
Parecía un prestidigitador sacando y colocando sobre el tablero sus herramientas. Bailaban con suavidad sus manos mientras las acariciaba. Me hechizaba su movimiento, el olor de la tinta, el sonido del tintero, el rito del relleno… Las letras decoraban de negro el sepia del papel. Aquella pluma hacía surgir las palabras como por encantamiento, las invocaba, las transportaba desde algún reino lejano e invisible hasta mis ojos. El puente que cruzábamos los dos en aquellos momentos era el mismo que cruzaba yo al abrir un libro, al trazar el primer rasgo de un dibujo. Entonces nos mirábamos los dos, se daban las manos nuestras almas y él se hacía niño y yo anciana. Cuando eso pasaba el mundo real se desmoronaba, desaparecía y podíamos escondernos entre letras, entre montañas, estrellas, entre nieblas, árboles…

Nueve años después de qué él muriera, mi padre, en mi cumpleaños, me dio un regalo de parte de mi abuelo. Estaba nervioso, si no lo conociera diría que avergonzado, dudaba… Abrió su cajón y sacó un estuche que no reconocí. Lo destapó. Se me desmoronaron corazas que ya no sabía que tenía. Mientras mi padre me explicaba su funcionamiento yo no escuchaba ya, solo miraba aquella pluma dorada y negra, aquella cima blanca coronada de nieve y se amontonaron en mis ojos junto a las lágrimas las tardes juntos, las canciones durante los viajes, nuestros secretos, nuestra complicidad…

Se la arranqué de las manos, subí corriendo a mi cuarto, la limpié según sus ritos… Y desde entonces la usé en cada uno de mis exámenes. La ceremonia que imitaba religiosamente me tranquilizaba antes de salir a la Facultad. Una vez allí el folio blanco parecía temblar deseoso de poseer las caricias de nuestra pluma. Sentía a mi abuelo junto a mí, observándome absorto como yo a él diez años atrás. Vestíamos el blanco de palabras negras… me parecía que los márgenes eran más limpios, las líneas más rectas, como si estuviera enmarcando una obra mágica, un códice único.
Todos los exámenes que dibujé con esa pluma obtuvieron buenos resultados, mejores de lo esperado, como si hubiesen valorado la elegancia que mi abuelo me había dado en herencia, que fluía en aquella pluma de punta imposible.

Diez años después de que ella fuera mía, un ángel que llegó a mi vida me otorgó su bendición, entregándome un arma única que tenía también alma. Con una misión que cumplir con ella, esgrimirla para engendrar arte. Con varias condiciones: protegerla, guardarla y entregarle este don a otra persona que considerase digna de este legado.

Y él tenía la cima nevada volando, flotando en el infinito, en un infinito eterno y profundo como el océano que refleja en sus ondas un firmamento plateado de Luna.

Pongamos que hablo de Madrid

•21 Diciembre, 2008 • Dejar un comentario

BSO: Pongamos que hablo de Madrid – La Mandrágora

“Historia de amor y de odio a una ciudad invivible pero insustituible”
Regresé siempre como fugitiva…
Viajé en ascensores que llené de deseo…
Me dejé el alma y la vida en sus rincones; en sus calles y en sus hostales, el amor y la inocencia…

Me dijo una vez que yo no estaba hecha para Madrid…

Llego y me voy de esa ciudad con las mismas ganas, la misma nostalgia, el mismo deseo de que allí todo sea posible, con la misma certidumbre de que ahí se esconde mi tesoro.

Antes de recorrer Madrid a su lado podían contarse con una mano las veces que fui: con el colegio de pasada, en primero de carrera a una manifestación de INEF (en verdad queríamos ver el Museo del Prado [en verdad no sabíamos qué hacer mejor que escapar el día antes del examen final de Historia del Arte]), en cuarto con Irene y Alicia y en quinto con el Retra, Polo y Mari para ver una exposición en el Palacio de Cristal.

Todas las veces llegué expectante, con miedo, no de la ciudad… sino de mí misma. Todas las veces fue una decisión tomada precipitadamente, todas las veces no me lo terminaba de creer aunque estuviera metida en el autobús. Todas las veces al llegar me sentía como en casa, me orientaba por las calles como el emigrante que vuelve al pueblo, como si cada esquina guardara un antiguo recuerdo de mi niñez, un deseo olvidado. Esa ciudad me sabía a poesía, a café, a periódico, a Quevedo, a Galdós, a Salinas… Una parte de mí amaba esa ciudad.

Amor, sí, pero amor y odio: como el amante despechado al reencontrarse con su amada y ver que ella finge no reconocerlo.

He paseado sola por el centro sin perderme y me he perdido por el resto conduciendo. Como si me hubiera confundido el paso del tiempo.

Me da miedo Madrid: la soledad con la que te amenaza tal cantidad de gente corriendo sin mirarte, la invisibilidad con la que te cubre la muchedumbre y las avenidas infinitas por las que se mueve. Me da miedo Madrid: enamorarme de esa ciudad y que cuando la muerte venga a visitarme le diga “aquí he vivido, aquí quiero quedarme”.

Cuando perdí mi inocencia, en la radio pusieron “Pongamos que hablo de Madrid”.

Despierta, mi niña…

•4 Diciembre, 2008 • 6 comentarios

Hace diez años el cuatro de diciembre fue también jueves…

Estaba estudiando en Cáceres, conocía la libertad por primera vez, la independencia. Aprovechaba cada segundo para disfrutar de todo lo que hasta entonces no había podido hacer, pero aquella noche fue diferente.

Seguramente fue el primer jueves que no salí. Hacía frío, estaba el cielo rosado de lluvia rebosante, como hoy.

La noche prometía, era el último jueves antes de la fiesta de navidad; habíamos decidido hacer un adelanto de mi cumpleaños e ir arando el terreno para recoger frutos en la fiesta. Pero me sentía insignificante, vulnerable, débil… iba creciendo esa sensación junto al miedo, la soledad… y la tristeza empezó a vestirme.

Por eso decidí no salir y el que fuera jueves me permitía estar a solas conmigo misma: sin amigas, sin compañera… para revisar si las heridas eran viejas cicatrices abiertas o el presentimiento de nuevas ausencias, para lamerlas, para curarme.

En cuanto se fueron me acurruqué en la cama. Me quedé dormida. Desperté en sueños o soñé en despertar… y vi la sombra de un hombre alto levantarse del asiento que había encontrado en mi cama. Al principio me extrañé, pero me sentía tan tranquila, tan a gusto, tan a salvo, que no le dije que se fuera, simplemente me limité a observarlo.

Lo reconocí, me sonrió y sus ojos me arroparon, llenándome de paz, de calor, de amor.

“Cuida de tu madre”… y su voz lo inundó todo, tiritó mi alma, sonreí.

“…¡Qué suerte va a tener el hombre del que te enamores…!” me dijo mi abuelo cuando se despidió de mí…

A la mañana siguiente, el eco de su voz me susurró “Despierta, mi niña” y yo no volví a tener despertar tan dulce… Tuve la sensación de ir volando hacia el baño, me sentía tan querida, tan feliz que no podía dejar de sonreír, me miré al espejo y me vi como él me veía y por primera vez en mi vida me sentí hermosa. Entendí que aquella noche había venido a despedirse, así que le dije adiós, con lágrimas cálidas limpiando mi sonrisa.

El día de regalo…

•1 Diciembre, 2008 • 8 comentarios

Me contó una vez el Gigante que entre los numerosos dones con los que se bendice a los mortales recién nacidos hay uno especialmente maravilloso que solemos desperdiciar muy pronto: el día de regalo.

Este presente consiste en que se nos concede repetir un día de nuestra vida, cualquiera, el que queramos. Solo basta con desearlo intensamente al irnos a dormir; cuando despertamos ha renacido el día y podemos desatar entuertos o disfrutar de nuevo de veinticuatro horas de felicidad plena.

Sin ser conscientes de la importancia de este presente solemos gastarlo de niños, y pedimos otro día de Reyes para disfrutar de los juguetes, comenzar de nuevo el primer día de clase para hacer amigos, lo usamos para que esta vez podamos agarrar fuerte los bolindres y que no se nos caigan por el agujero del abrigo, para llevarnos a las vacaciones el peluche olvidado, celebrar de nuevo el cumpleaños…

Una vez que lo hemos consumido, con el paso del tiempo y adquirir lo que los mayores llaman el “uso de razón”, o lo olvidamos o pensamos que lo hemos soñado.

Pero, de repente un día… ya de mayores… algunas personas al irse a acostar después del peor día de sus vidas, después de haber perdido la oportunidad que llevaban desde siempre esperando, después de un adiós sin despedida… algo dentro de ellos sabe que malgastaron ese don y se dicen “ojalá pudiera repetir este día” como si pudieran engañar a los hados.

Piensa, intenta recordar si usaste el regalo… si no es así, ¡¡eres afortunado!! Cuando vayas a despedirte del mundo, cierra los ojos y desea fuerte volver a repetir el día más feliz de tu vida… quién sabe… puede que vivas aquel día de Reyes de tu infancia, o comiences de nuevo aquel primer día de clase para hacer amigos, o agarres fuerte los bolindres para que no se te caigan por el agujero del abrigo, o te lleves a las vacaciones el peluche olvidado, o celebres de nuevo aquel cumpleaños… y lo harás como se merece: con toda la intensidad con la que solo saben vivir los niños.

Y al tercer día resucitó de entre los muertos

•26 Noviembre, 2008 • 9 comentarios

He perdido la cuenta de las veces que he resucitado.

Amanecí esta mañana cubierta de tierra, oliendo a Muerte, recién parida. Las otras veces que resucité me costó un tiempo adaptarme a reptar como larva de oruga, pero me he cansado de ser el ave fenix de las mariposas: el vuelo es muy corto y la metamorfosis muy larga.

Renuncio al reino de los insectos. Así que mientras me sacudo los restos de mi entierro y me deshago del barro bajo mis uñas (de escarbar hacia la superficie), mientras repaso mis heridas y las cicatrizo al sol, decidiré transparente, invisible, en qué me quiero convertir antes de volver a caminar entre los vivos.

Vendrá Neferata como siempre a invitarme a Lahmia, pero renuncié hace siglos a esa lucha que me hizo prescindir aquella vez del amor y que ahora me condena a estar buscándolo por los confines del universo.

Te voy a contar un secreto

•24 Noviembre, 2008 • 6 comentarios

Te voy a contar un secreto, no se lo digas a nadie…

Estaré enamorada de ti por siempre, porque lo estoy desde aquella noche fría de enero madrileño en la que me agarraba al enorme abrigo de foca y te asomaste a mi vida con cara de niño travieso.

Te guardaré en lo más profundo de mi alma, para que estés a salvo del olvido y te iré enseñando lo que vea, lo que oiga, lo que huela, lo que sepa, lo que toque… lo nuevo, lo viejo, lo luminoso, lo oscuro, lo ruidoso de los conciertos, lo silencioso de los amores prohibidos, lo dulce, lo caliente… para que vivas dos veces, para que vivas en mí.

Te estaré esperando siempre, me encontrarás cuidando de tus besos, de tus caricias y tu calor, de tu olor que era mi alimento, de tu voz resonando en mi pecho, de tus ojos iluminando mi destino.

Haré pactos con todas las estrellas del universo para que vuelvas, para que sigas el camino que te traerá de vuelta a mis brazos, a mis entrañas, para que te deshagas en mí y pueda enseñarte el misterio de la vida.

Te seguiré cantando a susurros para que puedas oírme y no volveré a gritar hasta que no esté junto a mi boca tu oído.

Sería capaz de volver a nacer solo por verte de nuevo, conocerte otra vez…

shhhh no se lo cuentes a nadie… que es un secreto…

Niñas desnudas

•20 Noviembre, 2008 • Dejar un comentario

20n

VIAJE A LA LUNA

•12 Noviembre, 2008 • 8 comentarios

Veníamos de recoger hojas, volvíamos a su casa. Los dos cogidos de la mano, bailando mientras yo cantaba “tengo tu amooooooor”.

Marcos: TITAAAAAAAAAAA, MIRA LA LUNAAAAAAAAA

Yo: ¡Síiiii! ¡Está preciosa!

M: Los rayos de la luna están fríos, tita… ¿Te parece bien si esta noche te quedas a dormir en mi casa y nos vamos a la luna?

Y: No puedo, cariño, pero si quieres quedamos en la luna y nos vemos allí.

M: ¡Vale! Mira, yo me convierto en libélulo y tú en hada y nos vamos juntos… No te preocupes que yo te agarro… Y le pego pellizcos a la luna en la cara para que no tenga frío.