Basada en hechos reales
No me levanto de la cama: no es pereza, es miedo…
Sé que ella está tumbada bajo mi cuerpo, pegada al colchón, simétrica, como un reflejo de mí misma. Noto su respiración, sé que me deja oírla para que recuerde que está esperando, esperando a que mis piernas o mi mano salgan de la cama, para agarrarme con su áspera piel, con sus fríos y húmedos dedos…
Una vez lo hizo, se encargó de que percibiera su presencia toda la noche y no pude dormir; estaba dolorida, rendida. Reptó hacia mi lado de la cama, me tapó la boca e intentó arrancarme el alma. Fue capaz de elevarme unos metros, estaba horrorizada, paralizada de terror. Me retorcía la piel con tanta fuerza que parecía que me arañaba desde dentro. Nunca había estado tan cerca de ella, nunca había sido tan consciente de mí misma. Sentía su odio expandirse, atravesarme, zarandearme. Impotente recolecté las escasas fuerzas que tenía para seguir viva y entonces se apoderó de mi cuerpo. Me alejaba en espíritu, ella me expulsaba de mí misma y se iba quedando con mis brazos, iba rellenando mis huecos. Al mirar hacia abajo y verla apoderarse de mí, ver cómo transformaba mi mirada en un cuchillo frío, mi boca en una mueca sádica, recordé a mi madre. No pude soportar la idea de que aquel ser despreciable y horrible estuviera cerca de ella, que se apoderase del amor que sentía por mí para hacerle daño y ese sentimiento me dio fuerza para volver en mí.
No me lo perdona. Desde entonces noto crecer su ansia, su ira. En cuanto baje la guardia me arrebatará mi cuerpo y mi vida y destrozará en mi nombre todo lo que amo, destruirá lo único que me importa: el cariño de los míos.
Por eso no me levanto de la cama: es miedo…
Noto su risa satisfecha, la sofoca roncamente para que solo la oiga yo. Se ríe porque cada día que consigue retenerme en esta tumba de sábanas y edredones está ganando otra batalla…




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