Y al tercer día resucitó de entre los muertos

He perdido la cuenta de las veces que he resucitado.

Amanecí esta mañana cubierta de tierra, oliendo a Muerte, recién parida. Las otras veces que resucité me costó un tiempo adaptarme a reptar como larva de oruga, pero me he cansado de ser el ave fenix de las mariposas: el vuelo es muy corto y la metamorfosis muy larga.

Renuncio al reino de los insectos. Así que mientras me sacudo los restos de mi entierro y me deshago del barro bajo mis uñas (de escarbar hacia la superficie), mientras repaso mis heridas y las cicatrizo al sol, decidiré transparente, invisible, en qué me quiero convertir antes de volver a caminar entre los vivos.

Vendrá Neferata como siempre a invitarme a Lahmia, pero renuncié hace siglos a esa lucha que me hizo prescindir aquella vez del amor y que ahora me condena a estar buscándolo por los confines del universo.

julio en un valle

A finales de julio caminar por la calle a las dos de la tarde aunque corra la brisa transforma, y a veces, trastorna.

A mí se me barniza la piel de sudor, se me carda el pelo y termino recogiéndolo en una maraña de rizos con más pinta de nido que de moño. El calor no me obliga a disminuir la velocidad de mi trote así que acabo con la boca entreabierta como un gorrioncito suplicando aire.

Los norteños fruncen el ceño, rojos como sandías, y nos miran desconfiados a los morenos que somos capaces de desfilar bajo el sol inmisericorde. Resuenan lentamente en el asfalto abrasador los versos de Manuel Machado que recitan mis pisadas: “Yo, soy como las gentes que a mi tierra vinieron / -soy de la raza mora, vieja amiga del Sol-” y levanto la cabeza con orgullo de que galope en mis venas una sangre superior, fruto de años, de siglos de mestizaje.