Sinfonía en 5 cantos
Canto V
Qué difícil es terminar una historia, casi tanto como despedirse de alguien a quien quieres: sabes que algo quedará dentro de ti por siempre, pero sigue siendo duro… solo queda recordar, pero es como irse ardiendo sola a la cama.
Veamos, retomemos un poco el hilo… ha pasado tanto tiempo y sin embargo parece que fue este verano…
Sí, exacto, las entradas. No puedo evitar sonreír, Irene siempre tuvo un desparpajo tremendo. Tan extrovertida, tan conversadora, no es que no tuviera vergüenza, a veces se le notaba la timidez asomándose a sus mejillas morenas, pero sabía sacarle partido a la vida… sabe, sabe… todavía sabe.
No sé cómo se las arregló pero cuando me quise dar cuenta había vendido una a una chica que estaba en un botellón cercano… Más tarde cuando estábamos a punto de irnos le vendió las otras a una parejina que se acercó con miedo de ser estafados en la reventa, pero solo queríamos recuperar el dinero, así que se fueron felices y nosotros más aún, con los nervios a punto de estallar, mirando a todos lados para no perdernos en el camino a la entrada del recinto.
No sé qué pensaríais vosotros del espectáculo aquel… El botellón nació en Cáceres, ¿os lo había dicho? Lo llegaron a prohibir en la mayor parte de España: te podías llevar una buena recetita para casa de parte del ayuntamiento o de la policía local si te veían con botellas en la calle… Como si de una pequeña aldea gala se tratara algunas zonas resistieron a la ley y mantuvieron la costumbre: Extremadura, la cuna del botellón no podía ser menos.
El olor de la tierra humedecida por los hielos derretidos, el alcohol y los refrescos derramados, es un olor que mezcla lo dulce y amargo, es un barro de borrachera y resaca, de euforia y tristeza. Los colores brillantes de las bolsas parecen medusas en un mar de vidrio y plástico. Hay cierta melancolía en los botellones abandonados, igual que en los bares después de fin de año.
Pasamos el control de seguridad y enfilamos nuestras ganas de saltar hacia la muchedumbre que esperaba en grupos revueltos. Marea negra en calma, a punto de embravecerse. Qué largo se me hizo hasta que todo se oscureció y solo se iluminó el escenario con una lluvia de luz y acordes que retumbaban en la tierra, contagiando a mi sangre, alterando su ritmo, acelerando mis pulsaciones. La adrenalina se dispara al entrar en comunión con el resto que te rodea y que está sintiendo simultáneamente la misma sacudida de música.
Mereció la pena todo, solo con empezar a oír “se apagó el fogón…” Pero no fue solo esa, fueron todas… pareciera que se hubieran puesto de acuerdo en hacernos un concierto a medida. ¿Cómo hablar de la explosión de recuerdos y sabores que sientes al cantar canciones que parecen la banda sonora de tu vida…? ¿Cómo explicar que cada canción con su recuerdo quedan marcadas de nuevo de la temperatura y la humedad de aquella noche?
Hay una canción, que aunque siempre me gustó, aquél concierto la cambió por completo, la mejoró porque siendo agosto desbocó la primavera la noche entera. Cada vez que la oía después era como recordar el primer beso furtivo que eriza la piel de los talones a la nuca, como el primer pecado, la primera perversión. Aquel concierto fue como hacer el amor a escondidas. Nervios rellenando y envolviendo, conteniendo hasta que la felicidad se derramó en cada gesto, en cada palabra, en cada grito. Calor, sudor, cansancio placentero. Y el suspiro final que te eleva haciéndote flotar y luego dejándote caer a las mismísimas entrañas del placer.
Después del concierto me costó alejarme, fue igual que abandonar la cama calentita cuando te invade la pereza o la gula de más amor. Pero la satisfación pudo más que la pena y supe que llegaría el día en que tendría que contaros esta historia y eso casi me hace reventar de felicidad, porque yo ya os hablaba y os quería entonces, cuando solo erais un pensamiento, un deseo de esta abuela vuestra que anda más loca que cuerda desde que tiene uso de razón.
