Si te dijera…

Si te dijera. amor mío, que temo a la madrugada. No sé qué estrellas son estas que hieren como amenazas…

Si te dijera, amor mío, que la razón por la que no soporto estar sola es porque se me va apagando la alegría… Si te dijera que temo que la carencia de aquella sonrisa que te hizo enamorarte de mí, aquella que pensabas que tú hacías nacer, aquella que te hacía más llevadero el pan tuyo de cada día, que te iluminaba la vida… si te dijera que temo que ahora que no está no vuelvas a quererme…

Si te dijera que estoy sumergida en mi propia tristeza, en tu propia ausencia… Si te pidiera que me rescataras y que no me abandonaras…

Si te dijera que tengo destrozadas las alas…

Si te dijera, amor mío, que los hijos que no tendremos me preguntan asustados por tu llegada, que se prolonga y se difumina como una acuarela bajo el agua…

Si te dijera que ahora que es cuando menos te merezco es cuando más te necesito… ¿Qué me responderían tus ojos? ¿El silencio impotente de siempre? ¿O vendrán tus manos a sostenerme?

Dime, amor, si te lo dijera…

La cara oculta de la luna

Dos días odiando el mundo y a la humanidad.

Sí, lo reconozco, os odio.

Con la intensidad que odian los adolescentes: con toda mi alma, con todo mi ser, con mis entrañas. Quiero acabar con vosotros, haceros daño, veros sangrar, agonizar, suplicar clemencia… quiero dejaros morir.

Se me acabó el amor, la esperanza, la dicha.

Solo respiro coraje, ira, impotencia, rabia. Lo bello me repugna. Quiero destrozarlo todo, quiero gritar, pero se me muere la voz en la garganta; quiero llorar pero están secas mis lágrimas.

¿Motivos? No tengo y los tengo todos: soy un ser despreciable que no hace otra cosa que envidiar lo que tenéis y que siempre se me negó, lo único que me importó en la vida sigue estándome vedado, fuera de mi alcance… por más que pasen los años no me acerco, por más que luche o corra se me escapa. Estoy harta de estar cansada, de compadecerme, solo quiero odiar. Al menos odiando puedo respirar.

Una historia de terror

Basada en hechos reales

No me levanto de la cama: no es pereza, es miedo…

Sé que ella está tumbada bajo mi cuerpo, pegada al colchón, simétrica, como un reflejo de mí misma. Noto su respiración, sé que me deja oírla para que recuerde que está esperando, esperando a que mis piernas o mi mano salgan de la cama, para agarrarme con su áspera piel, con sus fríos y húmedos dedos…

Una vez lo hizo, se encargó de que percibiera su presencia toda la noche y no pude dormir; estaba dolorida, rendida. Reptó hacia mi lado de la cama, me tapó la boca e intentó arrancarme el alma. Fue capaz de elevarme unos metros, estaba horrorizada, paralizada de terror. Me retorcía la piel con tanta fuerza que parecía que me arañaba desde dentro. Nunca había estado tan cerca de ella, nunca había sido tan consciente de mí misma. Sentía su odio expandirse, atravesarme, zarandearme. Impotente recolecté las escasas fuerzas que tenía para seguir viva y entonces se apoderó de mi cuerpo. Me alejaba en espíritu, ella me expulsaba de mí misma y se iba quedando con mis brazos, iba rellenando mis huecos. Al mirar hacia abajo y verla apoderarse de mí, ver cómo transformaba mi mirada en un cuchillo frío, mi boca en una mueca sádica, recordé a mi madre. No pude soportar la idea de que aquel ser despreciable y horrible estuviera cerca de ella, que se apoderase del amor que sentía por mí para hacerle daño y ese sentimiento me dio fuerza para volver en mí.

No me lo perdona. Desde entonces noto crecer su ansia, su ira. En cuanto baje la guardia me arrebatará mi cuerpo y mi vida y destrozará en mi nombre todo lo que amo, destruirá lo único que me importa: el cariño de los míos.

Por eso no me levanto de la cama: es miedo…

Noto su risa satisfecha, la sofoca roncamente para que solo la oiga yo. Se ríe porque cada día que consigue retenerme en esta tumba de sábanas y edredones está ganando otra batalla…

Y al tercer día resucitó de entre los muertos

He perdido la cuenta de las veces que he resucitado.

Amanecí esta mañana cubierta de tierra, oliendo a Muerte, recién parida. Las otras veces que resucité me costó un tiempo adaptarme a reptar como larva de oruga, pero me he cansado de ser el ave fenix de las mariposas: el vuelo es muy corto y la metamorfosis muy larga.

Renuncio al reino de los insectos. Así que mientras me sacudo los restos de mi entierro y me deshago del barro bajo mis uñas (de escarbar hacia la superficie), mientras repaso mis heridas y las cicatrizo al sol, decidiré transparente, invisible, en qué me quiero convertir antes de volver a caminar entre los vivos.

Vendrá Neferata como siempre a invitarme a Lahmia, pero renuncié hace siglos a esa lucha que me hizo prescindir aquella vez del amor y que ahora me condena a estar buscándolo por los confines del universo.

De cómo la abuela viajó en taxi de Plasencia a Mérida para ver a Extremoduro. Capítulo 2

Sinfonía en 5 cantos. Canto II

¿Por dónde iba?

Eso, exacto, oí una voz… miré hacia abajo… y me encontré a un vecino de puntillas, junto a la rampa.

“Que si tienes llaves” me preguntó. “Sí, pero me parece que no me vale ninguna. Voy a probar desde fuera”. Coloqué de nuevo el coche en mi plaza, subí con el vecino a la puerta de la calle de la cochera. No iba nada: ni llaves, ni mando, ni patadas, ni amenazas, ni maldiciones susurradas… NADA.

Empezamos a hablar de todos los problemas que había dado a lo largo del curso la puerta. Decidimos subir a hablar con la presidenta de la comunidad pero nadie abría… mal momento para llamar de puerta en puerta, todo el mundo de vacaciones, parecía Belén cuando María iba arrastrando su embarazo. Cada vez estaba más desesperada, pero al menos no estaba sola. No obtuvimos respuesta de ninguna casa, así que optamos por esperar en el portal a ver si algún vecino llegaba. Cuando pasaron unos ochenta minutos y yo ya era consciente de que no iba a llegar a Mérida a la hora que había quedado llamé a Irene. Ahí parecía que aún podía ocurrir un milagro como el que sucedería una semana después, pero está claro que la suerte se sirve en tacitas y el destino había decidido escanciarme esa copa para otros menesteres. Estoy convencida de que se lo tomó a broma, incluso que era un excusa porque me había entretenido y no me daba tiempo a llegar.

Al rato mi compañero de espera, se fue al trabajo, no sin antes consolarme con su mal: “Mañana me voy a la playa que me están esperando los niños, espero poder irme”, sus palabras tomaron forma y reverberaron en alguna parte de mi sistema de alerta, pero sabiamente, mi cerebro las guardó y solo las volvió a sacar justo antes del milagro que os acabo de mencionar…     síiii…    que síiii… que ya os lo contaré…     vamos por partes que si no no termino con esto nunca…

No creo que estuviera ni medio minuto allí sola… volví a la ruta de las puertas, a llamar cada vez con menos paciencia y más desconsuelo. Sin respuesta. Volví a la cochera. Empezaron las lágrimas a amontonarse en mis ojos impidiendo el flujo normal del aire. Me iba a dar un ataque de ansiedad. Tanto tiempo esperando el concierto, consolándome con el concierto, era solo un concierto sí, pero cuanto más difícil me parecía que pudiera sacar de allí el coche más ganas tenía de ir, como si me fuera la vida en ello, como si pudiera pasar algo que cambiara el resto de mis días. Subía y bajaba la rampa… Miraba el polito blanco… Pensaba en el accidente, en el Xsarita, en la rueda de la fortuna sin parar de moverse como un molinillo de aire en medio de la corriente, sentí vértigo. Y me consolé en mi hermana Pilar. Estuvimos hablando por el móvil, a mí se me salía el alma por la garganta. “Nena, llama a un cerrajero”. Algo tan simple…

Y la nena, subió a su casa, cogió las páginas blancas, volvió a bajar al refugio de la puerta, con más esperanza que fe, por si se enternecía con mi queja y se abría, al modo que acostumbraban las rocas del locus amoenus de las églogas de Garcilaso. Llamé al cerrajero y me estuvo calentando la oreja mientras me decía sin interés que tenía que esperarme a que llegara su jefe, después si el jefe no tenía nada pendiente iría a mi garaje, después haría un diagnóstico, más tarde un presupuesto, una vez que se lo aprobara la comunidad y dependiendo de la urgencia de la situación, se pondría a arreglarlo. “¿Cuánto tiempo crees que pude pasar hasta ese punto?” Se echó a reír y me dijo que no creía que ni para esa noche… Yo, en ese momento, con la dirección de su trabajo en una mano, no sabía si ir para allá y abofetearlo, si echarme a llorar o qué demonios hacer… “Vamos, que me puedo buscar la vida, que el coche se queda aquí, ¿no?” “Más o menos” y volvió a echarse a reír. Se me cayeron las defensas y la cordura a los pies y yo empecé a reírme también. Llamé a la estación de autobuses… llegaría sobre las 10 y media, demasiado tarde… a la estación de tren (hasta las 10 y media no salía… a las diez y media estaría el Robe cantando Decidí por lo menos). Empecé a tararear la canción “hoy lloré, se me habrá metido un poco de arena…” Volví a llamar a vuestra tía abuela.

- Estoy por cogerme un taxi… pero veremos a ver la broma por lo que me va a salir… Pero solo de pensar en quedarme esta noche aquí sabiendo que…

- Mani, tú quieres ir al concierto, ¿no? Pues ya está (no esperó ni a que asintiera) te coges el taxi y punto, lo que cueste costó, tienes el dinero y tienes las ganas.

Y me fui volando al maletero, cogí los bártulos, subí a saltos las escaleras, salí del portal y llamé al centro de taxis de Plasencia.

- ¿Oiga? Dos preguntas, mejor tres… La primera: ¿Me puede llevar hasta Mérida? ¿Sí? ¿De verdad? Esas dos últimas no cuentan como preguntas, ¿vale? ni esta… La segunda y la tercera: por cuánto me va a salir la broma y si admiten tarjetas de crédito…

Continuará :P

De cómo la abuela viajó en taxi de Plasencia a Mérida para ver a Extremoduro. Capítulo I

Me debo a mí misma el contarme lo que pasó en el concierto del día 13 de agosto. Cuando me acercaba a Mérida, después de toda la tensión vivida las horas previas, solo podía reírme y pensar en que podría llegar a ser una historia para regalarle a los nietos.

De cómo la abuela viajó en taxi de Plasencia a Mérida para ver a Extremoduro

Sinfonía en 5 cantos: canto I

Plasencia, 13 de agosto de 2008. Tenía 27 años y muchas ganas de escaparme a Mérida. Llevaba soñando con ese concierto desde hacía más de un año. Estuve a punto de ir a otro pero era año par, año de oposiciones, y mi sentido de la irresponsabilidad me obligó a quedarme e intentar hacer algo como leerme un temita al menos, por aquello de que lo mismo caía… y cayó.

Teníamos las entradas compradas cuando al padre de mi amiga Irene le regalaron cuatro, pensamos en que lo mismo podíamos vender las que compramos y entrar con las invitaciones, pero no dejaba de ser una patada en el culo.

Llegó el día D y por la mañana estaba con las maletas desordenadas y con miedo, como siempre que tengo que viajar. Porque los viajes, todos, tienen para mí ese halo y ese algo de misterio, de no saber qué ocurrirá durante el camino, de no saber qué ocurrirá cuando se llegue. Son todo posibilidades infinitas y tanto poder me hace sentir la certeza de que la magia existe.

Y con tanta magia flotando y revoloteando alrededor de la cabeza de vuestra abuela… ya sabéis qué pasa: me senté en el suelo, cogí la cajita de madera, la abrí, saqué el fardito arcánico, desenvolví las cartas de su pañuelo, lo extendí frente a mis piernas cruzadas, como las tengo ahora, sí justo así, pero tú no lo intentes que sabes que siempre te haces daño… ea, pues haz lo que quieras, luego no me eches las culpas cuando le vayas a tu madre con la queja… como os decía… y las dispuse en la forma de la cruz celta. No me acuerdo, como siempre de lo que decía o de las cartas que eran. Pero recuerdo que había una tribulación en medio de todo tras lo cual merecería la pena lo que ese día iba a pasar.

Al final, de tanta emoción, contenida, descontenida, fisionada y fusionada, comí con prisa, me depilé con prisa, hice la maleta con prisa, se me olvidaron las gafas y mil cosas más que tendría que haberme llevado a casa de los bisabuelos… Pero salí a la hora programada de mi ático, cerré, sin echarle la vuelta y acordándome de las radiografías.

Bajé, metí las cosas en el maletero, me fui hacia la maldita cuesta, me santigüé, le di al botón del mando, una vez… dos veces… tres… cuatro… eché el freno de mano, salí del coche, le di al botoncino verde que abría la puerta cuando los días de lluvia el mando no quería hacer su trabajo… y la puerta no se abría… NO SE ABRÍA

Oí una voz

Niños, nos llama vuestro padre para comer, luego os sigo contando… ‘enga, daos prisa que tengo más hambre que el perro de chocapí

de sequías del alma

Ya no sé ni cuántas historias pendientes tenía. De vez en cuando me venían a incordiar para que les diera la atención merecida, pero nunca era el momento, porque no era capaz de hilar las palabras, de pintar las ideas.

Hoy vi un enlace en el blog de un amigo al blog de una desconocida… y uno de sus hilos empieza así:

Hay que escribir como si se arrojase al mar una botella con un manuscrito dentro

¿Qué escribiría yo en un manuscrito metido en una botella que arrojaría al mar? ¿Lo firmaría o sería anónimo?

Si fuera anónimo puede que me arriesgara a contar las verdades que mimo en mi alma y que guardo en un lugar fresco y seco, donde no llegan la melancolía, ni las lágrimas, ni tampoco la luz del sol, o el tacto de un amigo.

Si lo firmara, puede que mintiera, disfrazaría los sitios, los nombres, el tiempo, para poder enseñar esa verdad que tiene ganas de ponerse morena, de humedecerse de mar o de río, de lluvia, de saliva, de sudor.

Hay que escribir con la esperanza desgarrada de que alguien te alcance, te salve… Hay que escribir contando con que tus sueños se ahogarán en el océano. Hay que adjuntar un mapa al manuscrito, con símbolos, para que solo los inteligentes y valientes encuentren tu tesoro.

En todo caso, he decidido escribir, puede que mienta para esconder verdades o puede que las muestre aunque se lean increíbles. Ahora te toca a ti decidir si soy sincera o no. Después de todo, la vida se reduce siempre a un acto de fe…

de maletas desordenadas

Soy muy desordenada… puede que sea una exteriorización del desorden de mi mente.

Me encanta tener cosas que hacer porque es el único momento en el que arranco a hacerlo todo, todo lo pendiente encuentra su hueco y cosas que llevaban un mes en mal sitio de repente descansan en paz en su hogar.

Tenía varias historias descolocadas: una de gatos, otra de pies descalzos, otra de amores curados, otra de nuevas ilusiones, otra de reencuentros… Y tengo muchas tareas pendientes y poco tiempo: casi cuatro horas, tres menos que las de bebe, para hacer todo lo que dice la canción: depilarme, hacer la maleta… para volver a ver a ROBEEEEEEE jajjajajaaja a algunos viejos amigos y quién sabe si el destino me tiene prevista alguna sorpresa. Estoy tan alterada que hasta me duele la cabeza.

El aire me olía ayer a infancia, a viejas promesas llenas de polvo que de repente alguien sacó del sótano y que ahora brillan de sol. Me huele a esperanza, así que mi alma va dando saltitos y contagia a mis piernas, mis brazos, mis sonrisas y mi pelo. Hacía tiempo que no bailaba con la niña que fui, así que estamos las dos pletóricas de reconciliación y de ganas de hacer el cafre :D

Que Dios os bendiga a todos con la dicha de estar en paz con vuestro pasado ;)

De impaciencias

Me ha tocado esperar tanto tiempo, que en vez de volverme paciente me he vuelto una paranoica del paso del tiempo.

Tengo que esperar a junio del 2010 para volver a pasar por cuarta vez por lo mismo… y me aterra que cuando llegue ese momento mi vida siga igual que ahora, que siga inmersa en este estado de espera que arrastro desde hace una docena de años.

Me muerdo las ganas de incumplir mis propias reglas y recurrir a las palabras de los sabios del pasado, al oráculo de los arcanos negros. Me digo que ya es hora de hacer los cambios que me dicte el corazón incluso en el terreno donde el rey es la mente. Romper con mis reglas, dejar de pensar y empezar a vivir, aprender de los errores y de los aciertos. Aprender de las ganas que se acumulan en la piel, en los labios, en las entrañas.

Me hubiera gustado hoy hablar de amor, de pasiones inconclusas, incompletas por culpa de incordios con patas… Pero un miedo respetuoso me impide enfrentarme a esos ojos que yo deseaba que me vieran desnuda, a esa boca sonriente que yo necesitaba que le hablara despacio a mi cuerpo, recorriéndolo, a esas preciosas manos que quería que se multiplicaran en mi piel hasta hacerme sentir pequeña, frágil.

Necesito el infinito del océano o del horizonte eterno para no ahogarme en tantos sueños que no llegan a hacerse realidad.

Acto de fe

Silencio.
Ausencia de tus palabras.
Vergüenza.
Te culpo.
Lo pasas mal, eso está claro. Pero no sé por qué, por quién.
Necesitas aclararte, tomar una decisión. Pero no diriges a mí tus ojos, ni tu voz ¿Piensas en mí? ¿Lo haces con una sonrisa o con el ceño fruncido? Cada vez que te vas me visto de frío y me voy desnudando delante de los ojos que me quieran dar calor. Pero prefiero tus manos en mi cintura, tus dientes en mi cuello. Y me vas destrozando el alma, la fe y el amor. Otras veces me curaste con tus besos, con tu voz ronca de deseo, susurrándome que me piensas, que quieres traspasarme más allá de mi cuerpo, de mi espíritu… que quieres marcarme con un sello que yo me lleve a los confines del tiempo. Y te cargo, guardo cada una de tus palabras, de tus miradas, de tus caricias, con cada fotograma de tu piel, de tu olor, de tu sabor; me da miedo sacarlas de mi alma, verlas al Sol, me da miedo que se me deshagan entre las manos, que se difuminen flotando en el aire, que desaparezcas para siempre con ellas.

Confesión

Yo no hablo sola: converso con la persona que mejor conozco. La más recurrente de nuestras discusiones es aquella en la que insistimos en la conveniencia de dejar de hablarnos. Después de mucho argumentar en uno y otro sentido, terminamos haciéndonos el vacío y leemos para no tener que escucharnos más.

Padezco numerosas neurosis que yo insisto en considerar particularidades. Una de ellas es el ansia por la limpieza que me entra una vez al mes, solo una vez al mes… el resto de los días puedo convivir con el desorden más extremo y no tocar el cepillo por mucho que formen urbanizaciones las pelusas de mi casa. Coincide con los días previos a la menstruación: otras se ponen de mala leche, a mí me entran ganas de hacerlo en cualquier parte y lo dejo todo impecable por si un día termino en el suelo…