No sé por qué el español no admite el participio de presente del verbo renacer… puede que porque aunque fuera hijo del latín se crió con cristianos y tenía niñera árabe, vamos que no usaban mucho verbos en los que no creían…
Me permito la licencia y califico mis sueños de renacientes, porque han pasado de estar muertos a estar renaciendo, son sueños que reviven, sueños relucientes (llenos de luz) de vida, de alegría, de pasión animal (que es la única que conozco, la verdadera para mí).
Sueños que ya no tengo que esconder, que empiezo a vivir, que ya no sueño sola, que nos escribimos con saliva e incisiones de dientes en nuestra piel.
Bienvenidos a la tierra prometida.
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Una conversación pendiente
Busqué a la Muerte cada noche; fui por los sitios por los que le gusta pasear: caminos de piedra, corrientes de agua, abismos, prados de horizontes infinitos…
Solo quería darle un recado. Quería que le dijera que viniera a despedirse, que teníamos una conversación pendiente.
Atravesé desiertos y la vi. Me sumergí en las aguas cálidas de sus ojos, me besó los párpados.
La Muerte nunca me ha hablado, pero siempre entendí su lengua muda, que retumba como un eco eterno en mi alma.
Cumplió su promesa, le dio mi recado.
Y ella vino a besarme con besos como campanas dulces y cálidas. Bajo la transparencia de su piel la vi con mi edad, sonriente me miró atravesando los rincones de mi alma y se fue.
Resonaron palabras dichas sin su voz… Me dijo que volvería a despedirse cuando estuviéramos preparadas para escucharnos.
Una historia de terror
Basada en hechos reales
No me levanto de la cama: no es pereza, es miedo…
Sé que ella está tumbada bajo mi cuerpo, pegada al colchón, simétrica, como un reflejo de mí misma. Noto su respiración, sé que me deja oírla para que recuerde que está esperando, esperando a que mis piernas o mi mano salgan de la cama, para agarrarme con su áspera piel, con sus fríos y húmedos dedos…
Una vez lo hizo, se encargó de que percibiera su presencia toda la noche y no pude dormir; estaba dolorida, rendida. Reptó hacia mi lado de la cama, me tapó la boca e intentó arrancarme el alma. Fue capaz de elevarme unos metros, estaba horrorizada, paralizada de terror. Me retorcía la piel con tanta fuerza que parecía que me arañaba desde dentro. Nunca había estado tan cerca de ella, nunca había sido tan consciente de mí misma. Sentía su odio expandirse, atravesarme, zarandearme. Impotente recolecté las escasas fuerzas que tenía para seguir viva y entonces se apoderó de mi cuerpo. Me alejaba en espíritu, ella me expulsaba de mí misma y se iba quedando con mis brazos, iba rellenando mis huecos. Al mirar hacia abajo y verla apoderarse de mí, ver cómo transformaba mi mirada en un cuchillo frío, mi boca en una mueca sádica, recordé a mi madre. No pude soportar la idea de que aquel ser despreciable y horrible estuviera cerca de ella, que se apoderase del amor que sentía por mí para hacerle daño y ese sentimiento me dio fuerza para volver en mí.
No me lo perdona. Desde entonces noto crecer su ansia, su ira. En cuanto baje la guardia me arrebatará mi cuerpo y mi vida y destrozará en mi nombre todo lo que amo, destruirá lo único que me importa: el cariño de los míos.
Por eso no me levanto de la cama: es miedo…
Noto su risa satisfecha, la sofoca roncamente para que solo la oiga yo. Se ríe porque cada día que consigue retenerme en esta tumba de sábanas y edredones está ganando otra batalla…
Mi primer amigo
Mi primer amigo se llamaba Juan y era mi abuelo.
Como me gustaba leer él me transportaba a mundos maravillosos con libros que me dejaba gota a gota, llenando aquella entrega de misterio. Y así conocí a Aladino, a Alí Babá y a Simbad, a Hércules y a Medusa; así supe que existían las hadas y los gigantes, los dragones y las caballos alados, los unicornios y las sirenas.
Como se me daba bien el dibujo me enseñó a coger los lápices, a hacer trazos imborrables, me regaló la alquimia de los colores, me mostró los castillos de sus sueños (dentro de ellos yo veía príncipes secuestrados custodiados por brujas y vampiros).
Como un día leyó en mis manos mi futuro me enseñó a dibujar las letras y me legó su ritual…
Parecía un prestidigitador sacando y colocando sobre el tablero sus herramientas. Bailaban con suavidad sus manos mientras las acariciaba. Me hechizaba su movimiento, el olor de la tinta, el sonido del tintero, el rito del relleno… Las letras decoraban de negro el sepia del papel. Aquella pluma hacía surgir las palabras como por encantamiento, las invocaba, las transportaba desde algún reino lejano e invisible hasta mis ojos. El puente que cruzábamos los dos en aquellos momentos era el mismo que cruzaba yo al abrir un libro, al trazar el primer rasgo de un dibujo. Entonces nos mirábamos los dos, se daban las manos nuestras almas y él se hacía niño y yo anciana. Cuando eso pasaba el mundo real se desmoronaba, desaparecía y podíamos escondernos entre letras, entre montañas, estrellas, entre nieblas, árboles…
Nueve años después de qué él muriera, mi padre, en mi cumpleaños, me dio un regalo de parte de mi abuelo. Estaba nervioso, si no lo conociera diría que avergonzado, dudaba… Abrió su cajón y sacó un estuche que no reconocí. Lo destapó. Se me desmoronaron corazas que ya no sabía que tenía. Mientras mi padre me explicaba su funcionamiento yo no escuchaba ya, solo miraba aquella pluma dorada y negra, aquella cima blanca coronada de nieve y se amontonaron en mis ojos junto a las lágrimas las tardes juntos, las canciones durante los viajes, nuestros secretos, nuestra complicidad…
Se la arranqué de las manos, subí corriendo a mi cuarto, la limpié según sus ritos… Y desde entonces la usé en cada uno de mis exámenes. La ceremonia que imitaba religiosamente me tranquilizaba antes de salir a la Facultad. Una vez allí el folio blanco parecía temblar deseoso de poseer las caricias de nuestra pluma. Sentía a mi abuelo junto a mí, observándome absorto como yo a él diez años atrás. Vestíamos el blanco de palabras negras… me parecía que los márgenes eran más limpios, las líneas más rectas, como si estuviera enmarcando una obra mágica, un códice único.
Todos los exámenes que dibujé con esa pluma obtuvieron buenos resultados, mejores de lo esperado, como si hubiesen valorado la elegancia que mi abuelo me había dado en herencia, que fluía en aquella pluma de punta imposible.
Y él tenía la cima nevada volando, flotando en el infinito, en un infinito eterno y profundo como el océano que refleja en sus ondas un firmamento plateado de Luna.
El día de regalo…
Me contó una vez el Gigante que entre los numerosos dones con los que se bendice a los mortales recién nacidos hay uno especialmente maravilloso que solemos desperdiciar muy pronto: el día de regalo.
Este presente consiste en que se nos concede repetir un día de nuestra vida, cualquiera, el que queramos. Solo basta con desearlo intensamente al irnos a dormir; cuando despertamos ha renacido el día y podemos desatar entuertos o disfrutar de nuevo de veinticuatro horas de felicidad plena.
Sin ser conscientes de la importancia de este presente solemos gastarlo de niños, y pedimos otro día de Reyes para disfrutar de los juguetes, comenzar de nuevo el primer día de clase para hacer amigos, lo usamos para que esta vez podamos agarrar fuerte los bolindres y que no se nos caigan por el agujero del abrigo, para llevarnos a las vacaciones el peluche olvidado, celebrar de nuevo el cumpleaños…
Una vez que lo hemos consumido, con el paso del tiempo y adquirir lo que los mayores llaman el “uso de razón”, o lo olvidamos o pensamos que lo hemos soñado.
Pero, de repente un día… ya de mayores… algunas personas al irse a acostar después del peor día de sus vidas, después de haber perdido la oportunidad que llevaban desde siempre esperando, después de un adiós sin despedida… algo dentro de ellos sabe que malgastaron ese don y se dicen “ojalá pudiera repetir este día” como si pudieran engañar a los hados.
Piensa, intenta recordar si usaste el regalo… si no es así, ¡¡eres afortunado!! Cuando vayas a despedirte del mundo, cierra los ojos y desea fuerte volver a repetir el día más feliz de tu vida… quién sabe… puede que vivas aquel día de Reyes de tu infancia, o comiences de nuevo aquel primer día de clase para hacer amigos, o agarres fuerte los bolindres para que no se te caigan por el agujero del abrigo, o te lleves a las vacaciones el peluche olvidado, o celebres de nuevo aquel cumpleaños… y lo harás como se merece: con toda la intensidad con la que solo saben vivir los niños.
Y al tercer día resucitó de entre los muertos
He perdido la cuenta de las veces que he resucitado.
Amanecí esta mañana cubierta de tierra, oliendo a Muerte, recién parida. Las otras veces que resucité me costó un tiempo adaptarme a reptar como larva de oruga, pero me he cansado de ser el ave fenix de las mariposas: el vuelo es muy corto y la metamorfosis muy larga.
Renuncio al reino de los insectos. Así que mientras me sacudo los restos de mi entierro y me deshago del barro bajo mis uñas (de escarbar hacia la superficie), mientras repaso mis heridas y las cicatrizo al sol, decidiré transparente, invisible, en qué me quiero convertir antes de volver a caminar entre los vivos.
Vendrá Neferata como siempre a invitarme a Lahmia, pero renuncié hace siglos a esa lucha que me hizo prescindir aquella vez del amor y que ahora me condena a estar buscándolo por los confines del universo.