Poco ruido y muchas nueces

Tengo un tesoro escondido, oculto, que se forjó en silencio en la fragua más ardiente de la tierra, que se nutrió de las lluvias del desierto, de los latidos de los timbales.

Tengo un tesoro mudo, rebosante de vida, de color, de luz, de fuerza, que palpita en cada bombeo de mi sangre, que quiere nacer al mundo, iluminarlo.

Lo sostengo en mis manos con la ternura de una madre, con el equilibrio de un saltimbanqui que juega con pompas de jabón.

Lo cuido como la seda a la crisálida, alimentándolo, dejando que madure, con esperanza, con la certeza, de que pronto romperá su quietud, su mudez, sigilosamente abrirá sus alas y será libre.

Mi primer amigo

Mi primer amigo se llamaba Juan y era mi abuelo.

Como me gustaba leer él me transportaba a mundos maravillosos con libros que me dejaba gota a gota, llenando aquella entrega de misterio. Y así conocí a Aladino, a Alí Babá y a Simbad, a Hércules y a Medusa; así supe que existían las hadas y los gigantes, los dragones y las caballos alados, los unicornios y las sirenas.

Como se me daba bien el dibujo me enseñó a coger los lápices, a hacer trazos imborrables, me regaló la alquimia de los colores, me mostró los castillos de sus sueños (dentro de ellos yo veía príncipes secuestrados custodiados por brujas y vampiros).

Como un día leyó en mis manos mi futuro me enseñó a dibujar las letras y me legó su ritual…
Parecía un prestidigitador sacando y colocando sobre el tablero sus herramientas. Bailaban con suavidad sus manos mientras las acariciaba. Me hechizaba su movimiento, el olor de la tinta, el sonido del tintero, el rito del relleno… Las letras decoraban de negro el sepia del papel. Aquella pluma hacía surgir las palabras como por encantamiento, las invocaba, las transportaba desde algún reino lejano e invisible hasta mis ojos. El puente que cruzábamos los dos en aquellos momentos era el mismo que cruzaba yo al abrir un libro, al trazar el primer rasgo de un dibujo. Entonces nos mirábamos los dos, se daban las manos nuestras almas y él se hacía niño y yo anciana. Cuando eso pasaba el mundo real se desmoronaba, desaparecía y podíamos escondernos entre letras, entre montañas, estrellas, entre nieblas, árboles…

Nueve años después de qué él muriera, mi padre, en mi cumpleaños, me dio un regalo de parte de mi abuelo. Estaba nervioso, si no lo conociera diría que avergonzado, dudaba… Abrió su cajón y sacó un estuche que no reconocí. Lo destapó. Se me desmoronaron corazas que ya no sabía que tenía. Mientras mi padre me explicaba su funcionamiento yo no escuchaba ya, solo miraba aquella pluma dorada y negra, aquella cima blanca coronada de nieve y se amontonaron en mis ojos junto a las lágrimas las tardes juntos, las canciones durante los viajes, nuestros secretos, nuestra complicidad…

Se la arranqué de las manos, subí corriendo a mi cuarto, la limpié según sus ritos… Y desde entonces la usé en cada uno de mis exámenes. La ceremonia que imitaba religiosamente me tranquilizaba antes de salir a la Facultad. Una vez allí el folio blanco parecía temblar deseoso de poseer las caricias de nuestra pluma. Sentía a mi abuelo junto a mí, observándome absorto como yo a él diez años atrás. Vestíamos el blanco de palabras negras… me parecía que los márgenes eran más limpios, las líneas más rectas, como si estuviera enmarcando una obra mágica, un códice único.
Todos los exámenes que dibujé con esa pluma obtuvieron buenos resultados, mejores de lo esperado, como si hubiesen valorado la elegancia que mi abuelo me había dado en herencia, que fluía en aquella pluma de punta imposible.

Diez años después de que ella fuera mía, un ángel que llegó a mi vida me otorgó su bendición, entregándome un arma única que tenía también alma. Con una misión que cumplir con ella, esgrimirla para engendrar arte. Con varias condiciones: protegerla, guardarla y entregarle este don a otra persona que considerase digna de este legado.

Y él tenía la cima nevada volando, flotando en el infinito, en un infinito eterno y profundo como el océano que refleja en sus ondas un firmamento plateado de Luna.

Despierta, mi niña…

Hace diez años el cuatro de diciembre fue también jueves…

Estaba estudiando en Cáceres, conocía la libertad por primera vez, la independencia. Aprovechaba cada segundo para disfrutar de todo lo que hasta entonces no había podido hacer, pero aquella noche fue diferente.

Seguramente fue el primer jueves que no salí. Hacía frío, estaba el cielo rosado de lluvia rebosante, como hoy.

La noche prometía, era el último jueves antes de la fiesta de navidad; habíamos decidido hacer un adelanto de mi cumpleaños e ir arando el terreno para recoger frutos en la fiesta. Pero me sentía insignificante, vulnerable, débil… iba creciendo esa sensación junto al miedo, la soledad… y la tristeza empezó a vestirme.

Por eso decidí no salir y el que fuera jueves me permitía estar a solas conmigo misma: sin amigas, sin compañera… para revisar si las heridas eran viejas cicatrices abiertas o el presentimiento de nuevas ausencias, para lamerlas, para curarme.

En cuanto se fueron me acurruqué en la cama. Me quedé dormida. Desperté en sueños o soñé en despertar… y vi la sombra de un hombre alto levantarse del asiento que había encontrado en mi cama. Al principio me extrañé, pero me sentía tan tranquila, tan a gusto, tan a salvo, que no le dije que se fuera, simplemente me limité a observarlo.

Lo reconocí, me sonrió y sus ojos me arroparon, llenándome de paz, de calor, de amor.

“Cuida de tu madre”… y su voz lo inundó todo, tiritó mi alma, sonreí.

“…¡Qué suerte va a tener el hombre del que te enamores…!” me dijo mi abuelo cuando se despidió de mí…

A la mañana siguiente, el eco de su voz me susurró “Despierta, mi niña” y yo no volví a tener despertar tan dulce… Tuve la sensación de ir volando hacia el baño, me sentía tan querida, tan feliz que no podía dejar de sonreír, me miré al espejo y me vi como él me veía y por primera vez en mi vida me sentí hermosa. Entendí que aquella noche había venido a despedirse, así que le dije adiós, con lágrimas cálidas limpiando mi sonrisa.

El día de regalo…

Me contó una vez el Gigante que entre los numerosos dones con los que se bendice a los mortales recién nacidos hay uno especialmente maravilloso que solemos desperdiciar muy pronto: el día de regalo.

Este presente consiste en que se nos concede repetir un día de nuestra vida, cualquiera, el que queramos. Solo basta con desearlo intensamente al irnos a dormir; cuando despertamos ha renacido el día y podemos desatar entuertos o disfrutar de nuevo de veinticuatro horas de felicidad plena.

Sin ser conscientes de la importancia de este presente solemos gastarlo de niños, y pedimos otro día de Reyes para disfrutar de los juguetes, comenzar de nuevo el primer día de clase para hacer amigos, lo usamos para que esta vez podamos agarrar fuerte los bolindres y que no se nos caigan por el agujero del abrigo, para llevarnos a las vacaciones el peluche olvidado, celebrar de nuevo el cumpleaños…

Una vez que lo hemos consumido, con el paso del tiempo y adquirir lo que los mayores llaman el “uso de razón”, o lo olvidamos o pensamos que lo hemos soñado.

Pero, de repente un día… ya de mayores… algunas personas al irse a acostar después del peor día de sus vidas, después de haber perdido la oportunidad que llevaban desde siempre esperando, después de un adiós sin despedida… algo dentro de ellos sabe que malgastaron ese don y se dicen “ojalá pudiera repetir este día” como si pudieran engañar a los hados.

Piensa, intenta recordar si usaste el regalo… si no es así, ¡¡eres afortunado!! Cuando vayas a despedirte del mundo, cierra los ojos y desea fuerte volver a repetir el día más feliz de tu vida… quién sabe… puede que vivas aquel día de Reyes de tu infancia, o comiences de nuevo aquel primer día de clase para hacer amigos, o agarres fuerte los bolindres para que no se te caigan por el agujero del abrigo, o te lleves a las vacaciones el peluche olvidado, o celebres de nuevo aquel cumpleaños… y lo harás como se merece: con toda la intensidad con la que solo saben vivir los niños.