Cierra los ojos y vuelve unos 24 años atrás.
Es verano, llevas un bañador verde, pulseras de colores, redondas y de plástico duro que tintinean cuando te tocas los rizos cortos con la palma de la mano abierta, como si pasaras un cepillo rápidamente.
Es por la tarde, ya no pica el sol.
Tus dedos de los pies juguetean con el césped que hay junto a la piscina.
Te llenas de valor y te acercas al grupo de los mayores: son los amigos del instituto del primo. Hay chicas y chicos, a ellos los conoces de otros días, de verlos hacer el mono entre los árboles. Escuchan música en el radiocasete. Él es el más alto.
- Jose – llamas tímidamente. Él te sonríe, te sientes tranquila, segura, y le preguntas – ¿quién de esas chicas es tu novia?
- Mi novia eres tú.
Arden tus mejillas. Te inunda la felicidad.
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Una conversación pendiente
Busqué a la Muerte cada noche; fui por los sitios por los que le gusta pasear: caminos de piedra, corrientes de agua, abismos, prados de horizontes infinitos…
Solo quería darle un recado. Quería que le dijera que viniera a despedirse, que teníamos una conversación pendiente.
Atravesé desiertos y la vi. Me sumergí en las aguas cálidas de sus ojos, me besó los párpados.
La Muerte nunca me ha hablado, pero siempre entendí su lengua muda, que retumba como un eco eterno en mi alma.
Cumplió su promesa, le dio mi recado.
Y ella vino a besarme con besos como campanas dulces y cálidas. Bajo la transparencia de su piel la vi con mi edad, sonriente me miró atravesando los rincones de mi alma y se fue.
Resonaron palabras dichas sin su voz… Me dijo que volvería a despedirse cuando estuviéramos preparadas para escucharnos.
Espacio en blanco
Hay lugares a los que un sms no puede llegar: no hay cobertura en el más allá ni el más acá nuestro de cada día.
Si pudiera te mandaría uno, solo con un espacio en blanco, solo un hueco, para que cupieran el te quiero que me revienta en la garganta, el abrazo que mi piel añora darte.
Cierro los ojos, recuerdo los tuyos.
Busco en lo más profundo de mi alma hasta encontrar mis sueños de niña, hasta dar con mi hadita de rizos alborotados, alas de purpurina y vestido verde. Nos miramos: me sonríe con tristeza, me acaricia y se va bajo la lluvia y el frío de esta noche de luna llena.
Sale a tu encuentro, te susurra al oído que el amor no acaba con la muerte, que como energía pura se transformará… en el rocío de las amapolas, en el viento que impulsa el primer vuelo, en la marea que moverá las olas que un día nos bañen.
Y todo eso te lo dirá sin palabras, en el idioma de los muertos, con un espacio en blanco…
Mi mamá me mima
Como he perdido un par de kilos en lágrimas estos días, mi madre me ha nutrido con fresones.
Fresones que no caben en la boca, que hay que partir a muerdos.
Y los voy limpiando uno a uno, como quien lava la cara de un niño. Respiro el olor que inundan mis manos.
Lentamente acaricio las semillas con mis labios, muerdo despacito para disfrutar de la explosión del sabor que llena mi boca, deshago con mi lengua la carne rosa, como quien disfruta del último caramelo, del último bombón.
Los comulgo, como lo comulgué a él una vez. Me voy despidiendo, trago a trago. Me voy curando, muerdo a muerdo… y ya solo queda el sabor dulce del recuerdo, que ya no podrá volver a ser nunca más amargo.
Mi mamá me mima, mi mamá me cura, mi mamá me reconstruye el alma.
Gracias, infinitas gracias a los que habéis estado a mi lado estos días de oscuras nieblas
Hoy
¿Cuántas veces tu sistema de alerta se ha disparado? ¿Cuántas veces has sentido miedo? ¿Cuántas veces todo tu cuerpo estaba esperando que algo estallara? ¿Cuántas veces tu piel se ha endurecido dispuesta a recibir un golpe asumido…? ¿Cuántas al escuchar que la comida estaba fría o muy caliente o sosa…?
Da igual las veces que pasen, nunca te acostumbras. El alma se hace diminuta, se escurre y se esconde, como si a oscuras entre las entrañas no le hicieran daño, como si allí no llegaran las palabras, el silencio, las amenazas…
¿Por qué te extraña que me dé miedo, que tiemble? ¿Por qué te sorprende que aunque mi boca sonría mis ojos aún tengan tanto que llorar?
Da igual las veces que pasen… porque mañana, o dentro de un par de días o semanas volverá a encogerse mi alma.
Mi primer amigo
Mi primer amigo se llamaba Juan y era mi abuelo.
Como me gustaba leer él me transportaba a mundos maravillosos con libros que me dejaba gota a gota, llenando aquella entrega de misterio. Y así conocí a Aladino, a Alí Babá y a Simbad, a Hércules y a Medusa; así supe que existían las hadas y los gigantes, los dragones y las caballos alados, los unicornios y las sirenas.
Como se me daba bien el dibujo me enseñó a coger los lápices, a hacer trazos imborrables, me regaló la alquimia de los colores, me mostró los castillos de sus sueños (dentro de ellos yo veía príncipes secuestrados custodiados por brujas y vampiros).
Como un día leyó en mis manos mi futuro me enseñó a dibujar las letras y me legó su ritual…
Parecía un prestidigitador sacando y colocando sobre el tablero sus herramientas. Bailaban con suavidad sus manos mientras las acariciaba. Me hechizaba su movimiento, el olor de la tinta, el sonido del tintero, el rito del relleno… Las letras decoraban de negro el sepia del papel. Aquella pluma hacía surgir las palabras como por encantamiento, las invocaba, las transportaba desde algún reino lejano e invisible hasta mis ojos. El puente que cruzábamos los dos en aquellos momentos era el mismo que cruzaba yo al abrir un libro, al trazar el primer rasgo de un dibujo. Entonces nos mirábamos los dos, se daban las manos nuestras almas y él se hacía niño y yo anciana. Cuando eso pasaba el mundo real se desmoronaba, desaparecía y podíamos escondernos entre letras, entre montañas, estrellas, entre nieblas, árboles…
Nueve años después de qué él muriera, mi padre, en mi cumpleaños, me dio un regalo de parte de mi abuelo. Estaba nervioso, si no lo conociera diría que avergonzado, dudaba… Abrió su cajón y sacó un estuche que no reconocí. Lo destapó. Se me desmoronaron corazas que ya no sabía que tenía. Mientras mi padre me explicaba su funcionamiento yo no escuchaba ya, solo miraba aquella pluma dorada y negra, aquella cima blanca coronada de nieve y se amontonaron en mis ojos junto a las lágrimas las tardes juntos, las canciones durante los viajes, nuestros secretos, nuestra complicidad…
Se la arranqué de las manos, subí corriendo a mi cuarto, la limpié según sus ritos… Y desde entonces la usé en cada uno de mis exámenes. La ceremonia que imitaba religiosamente me tranquilizaba antes de salir a la Facultad. Una vez allí el folio blanco parecía temblar deseoso de poseer las caricias de nuestra pluma. Sentía a mi abuelo junto a mí, observándome absorto como yo a él diez años atrás. Vestíamos el blanco de palabras negras… me parecía que los márgenes eran más limpios, las líneas más rectas, como si estuviera enmarcando una obra mágica, un códice único.
Todos los exámenes que dibujé con esa pluma obtuvieron buenos resultados, mejores de lo esperado, como si hubiesen valorado la elegancia que mi abuelo me había dado en herencia, que fluía en aquella pluma de punta imposible.
Y él tenía la cima nevada volando, flotando en el infinito, en un infinito eterno y profundo como el océano que refleja en sus ondas un firmamento plateado de Luna.
Despierta, mi niña…
Hace diez años el cuatro de diciembre fue también jueves…
Estaba estudiando en Cáceres, conocía la libertad por primera vez, la independencia. Aprovechaba cada segundo para disfrutar de todo lo que hasta entonces no había podido hacer, pero aquella noche fue diferente.
Seguramente fue el primer jueves que no salí. Hacía frío, estaba el cielo rosado de lluvia rebosante, como hoy.
La noche prometía, era el último jueves antes de la fiesta de navidad; habíamos decidido hacer un adelanto de mi cumpleaños e ir arando el terreno para recoger frutos en la fiesta. Pero me sentía insignificante, vulnerable, débil… iba creciendo esa sensación junto al miedo, la soledad… y la tristeza empezó a vestirme.
Por eso decidí no salir y el que fuera jueves me permitía estar a solas conmigo misma: sin amigas, sin compañera… para revisar si las heridas eran viejas cicatrices abiertas o el presentimiento de nuevas ausencias, para lamerlas, para curarme.
En cuanto se fueron me acurruqué en la cama. Me quedé dormida. Desperté en sueños o soñé en despertar… y vi la sombra de un hombre alto levantarse del asiento que había encontrado en mi cama. Al principio me extrañé, pero me sentía tan tranquila, tan a gusto, tan a salvo, que no le dije que se fuera, simplemente me limité a observarlo.
Lo reconocí, me sonrió y sus ojos me arroparon, llenándome de paz, de calor, de amor.
“Cuida de tu madre”… y su voz lo inundó todo, tiritó mi alma, sonreí.
“…¡Qué suerte va a tener el hombre del que te enamores…!” me dijo mi abuelo cuando se despidió de mí…
A la mañana siguiente, el eco de su voz me susurró “Despierta, mi niña” y yo no volví a tener despertar tan dulce… Tuve la sensación de ir volando hacia el baño, me sentía tan querida, tan feliz que no podía dejar de sonreír, me miré al espejo y me vi como él me veía y por primera vez en mi vida me sentí hermosa. Entendí que aquella noche había venido a despedirse, así que le dije adiós, con lágrimas cálidas limpiando mi sonrisa.
VIAJE A LA LUNA
Veníamos de recoger hojas, volvíamos a su casa. Los dos cogidos de la mano, bailando mientras yo cantaba “tengo tu amooooooor”.
Marcos: TITAAAAAAAAAAA, MIRA LA LUNAAAAAAAAA
Yo: ¡Síiiii! ¡Está preciosa!
M: Los rayos de la luna están fríos, tita… ¿Te parece bien si esta noche te quedas a dormir en mi casa y nos vamos a la luna?
Y: No puedo, cariño, pero si quieres quedamos en la luna y nos vemos allí.
M: ¡Vale! Mira, yo me convierto en libélulo y tú en hada y nos vamos juntos… No te preocupes que yo te agarro… Y le pego pellizcos a la luna en la cara para que no tenga frío.
De cómo la abuela viajó en taxi de Plasencia a Mérida para ver a Extremoduro. Capítulo 5
Sinfonía en 5 cantos
Canto V
Qué difícil es terminar una historia, casi tanto como despedirse de alguien a quien quieres: sabes que algo quedará dentro de ti por siempre, pero sigue siendo duro… solo queda recordar, pero es como irse ardiendo sola a la cama.
Veamos, retomemos un poco el hilo… ha pasado tanto tiempo y sin embargo parece que fue este verano…
Sí, exacto, las entradas. No puedo evitar sonreír, Irene siempre tuvo un desparpajo tremendo. Tan extrovertida, tan conversadora, no es que no tuviera vergüenza, a veces se le notaba la timidez asomándose a sus mejillas morenas, pero sabía sacarle partido a la vida… sabe, sabe… todavía sabe.
No sé cómo se las arregló pero cuando me quise dar cuenta había vendido una a una chica que estaba en un botellón cercano… Más tarde cuando estábamos a punto de irnos le vendió las otras a una parejina que se acercó con miedo de ser estafados en la reventa, pero solo queríamos recuperar el dinero, así que se fueron felices y nosotros más aún, con los nervios a punto de estallar, mirando a todos lados para no perdernos en el camino a la entrada del recinto.
No sé qué pensaríais vosotros del espectáculo aquel… El botellón nació en Cáceres, ¿os lo había dicho? Lo llegaron a prohibir en la mayor parte de España: te podías llevar una buena recetita para casa de parte del ayuntamiento o de la policía local si te veían con botellas en la calle… Como si de una pequeña aldea gala se tratara algunas zonas resistieron a la ley y mantuvieron la costumbre: Extremadura, la cuna del botellón no podía ser menos.
El olor de la tierra humedecida por los hielos derretidos, el alcohol y los refrescos derramados, es un olor que mezcla lo dulce y amargo, es un barro de borrachera y resaca, de euforia y tristeza. Los colores brillantes de las bolsas parecen medusas en un mar de vidrio y plástico. Hay cierta melancolía en los botellones abandonados, igual que en los bares después de fin de año.
Pasamos el control de seguridad y enfilamos nuestras ganas de saltar hacia la muchedumbre que esperaba en grupos revueltos. Marea negra en calma, a punto de embravecerse. Qué largo se me hizo hasta que todo se oscureció y solo se iluminó el escenario con una lluvia de luz y acordes que retumbaban en la tierra, contagiando a mi sangre, alterando su ritmo, acelerando mis pulsaciones. La adrenalina se dispara al entrar en comunión con el resto que te rodea y que está sintiendo simultáneamente la misma sacudida de música.
Mereció la pena todo, solo con empezar a oír “se apagó el fogón…” Pero no fue solo esa, fueron todas… pareciera que se hubieran puesto de acuerdo en hacernos un concierto a medida. ¿Cómo hablar de la explosión de recuerdos y sabores que sientes al cantar canciones que parecen la banda sonora de tu vida…? ¿Cómo explicar que cada canción con su recuerdo quedan marcadas de nuevo de la temperatura y la humedad de aquella noche?
Hay una canción, que aunque siempre me gustó, aquél concierto la cambió por completo, la mejoró porque siendo agosto desbocó la primavera la noche entera. Cada vez que la oía después era como recordar el primer beso furtivo que eriza la piel de los talones a la nuca, como el primer pecado, la primera perversión. Aquel concierto fue como hacer el amor a escondidas. Nervios rellenando y envolviendo, conteniendo hasta que la felicidad se derramó en cada gesto, en cada palabra, en cada grito. Calor, sudor, cansancio placentero. Y el suspiro final que te eleva haciéndote flotar y luego dejándote caer a las mismísimas entrañas del placer.
Después del concierto me costó alejarme, fue igual que abandonar la cama calentita cuando te invade la pereza o la gula de más amor. Pero la satisfación pudo más que la pena y supe que llegaría el día en que tendría que contaros esta historia y eso casi me hace reventar de felicidad, porque yo ya os hablaba y os quería entonces, cuando solo erais un pensamiento, un deseo de esta abuela vuestra que anda más loca que cuerda desde que tiene uso de razón.
De cómo la abuela viajó en taxi de Plasencia a Mérida para ver a Extremoduro. Capítulo 4
Sinfonía en 5 cantos. Canto IV
¿Qué más puedo deciros? Estaba tan nerviosa, tan pletórica. El resto del tiempo pasó volando a cámara lenta.
La casa de Irene me fascinaba. Había visto todas sus fases y habían conseguido que oliera a hogar, que los lares estuvieran felices allí. Pude respirar tranquila. Recuerdo perfectamente la luz. No sé de qué hablamos, supongo que nos pondríamos al día rápidamente, estábamos algo alteradas las dos entre la emoción del concierto y el reencuentro. Pero la luz, aún puedo sentirla, cálida y amable, como todos los atardaceres de verano en las vegas del Guadiana. Tiene una halo especial, porque se disfraza de la humedad del río, tan densa, tan ancha como su caudal, pero refresca, acaricia. Nuestra luz tiene otro dorado distinto, no es tan cobriza como la del mar, ni tan malvada como la de los pueblos del norte con ríos breves y fugaces. La luz llenaba aquella casa envolviéndonos como los polvos mágicos de Campanilla, reconfortándome, como si solo con desearlo pudiera echarme a volar.
Sé que todavía estaba nerviosa, de hecho hasta que no terminó la cuarta canción del concierto no me tranquilicé. Las dos pendientes del teléfono, Irene por su primo y yo por mi hermana. Me palpitaba tan fuerte el corazón que estoy convencida que de haber llevado más escote se habría notado su latido.
Nos fuimos a recoger a su primo. Mientras esperábamos, nos dio tiempo a comprar chucherías y a hablar con el farmacéutico, tanto como para casi conocer los entresijos de su vida… ¿Nos daría tiempo a llegar?
El primo de Irene por fin apareció en escena, era un tío alto… con andares tranquilos, ojos pícaros… Me recordó a como me imaginaba a mi abuelo de joven. Me gustó. Tenía algo que me ponía nerviosa, o puede que fueran todas las emociones del día mezcladas, no sé… el caso es que había algo en él que me reconfortaba y me atraía. Después, las circunstancias saciaron mi curiosidad, porque vuestra tía abuela Pilar se fue por otro lado, ninguno de los dos conocíamos a los amigos de Isra, y, después de casi todo el día sin verse, Irene e Isra revoloteaban uno alrededor del otro sin darse cuenta de que no podían estar mucho tiempo separados. Así que no nos quedó más remedio que entendernos, pero fue muy fácil desde el principio.
Después de las presentaciones, nos despedimos del farmacéutico. El primo de Irene condujo como si siguiera en Madrid, pero nos estampamos contra un pasacalles de las naciones del mundo… y aparecieron bailarines vestidos de colores, timbales que hacían retumbar las notas desde los pies hasta la frente, bombeando la sangre y llenándola de ritmo, como si fueran carnavales… Por esquivarlos terminamos dando un rodeo por el centro de Mérida: un par de piedras romanas por aquí, una esculturilla en medio de una rotonda por allá y el vértigo histórico aumentando mi ansiedad. Me pasa siempre, como cuando miro al cielo de noche y me pierdo en las estrellas y me siento insignificante, perdida, pero totalmente viva porque soy consciente de que formo parte de algo infinito y maravilloso.
Salimos de Mérida. Bordeamos el río. Empezaron a aparecer caminantes vestidos de negro, greñudos, andando como si acabaran de terminar con el botellón o con toda la grifa de los alrededores; todos hacia la misma dirección, como niños tras el flautista de Hamelín, embrujados. Un cosquilleo me recorrió. Es lo que pasa siempre cuando te acercas a algo deseado, como cuando te acercas al mar, que no lo puedes ver pero lo hueles, lo sientes humedecerte la piel, erizarte el pelo. ¡Estábamos allí! Después de todo, después de un día tan largo, de tantos nervios, de tantas ideas por la cabeza… Estaba allí. Había llegado a la cumbre. Inhalé todo el aire, todos los vapores etílicos, marihuánicos, el espíritu del río, de la tierra rojiza, de los trigales. Los comulgué.
Buscamos a la tita Pilar. La encontramos. Estaban por allí Rubén y Antonio con sus respectivas. Besos sonoros. Contacto. Miradas que se ponen al día sin palabras. Bocas expresando más con las sonrisas, estableciendo una comunicación de alma a alma.
Nos despedimos. Buscamos a Isra. Lo encontramos. Los teloneros estaban dentro, esperándonos sin saber que no entraríamos hasta que se callaran. Ya faltaba menos. El día se enfriaba y se vestía de negro.
Solo quedaba una cosa… poder vender las entradas que nos sobraban…
continuará
De cómo la abuela viajó en taxi de Plasencia a Mérida para ver a Extremoduro.Capítulo 3
Sinfonía en 5 cantos. Canto III
El taxista me preguntó dónde estaba. “De camino al cajero. El de la Caja Rural. El de la plaza del caballo”. La plaza del caballo… así era conocida la plaza del rey Alfonso VIII el fundador de Plasencia… quien diga que la III se gestó después no recuerda gestos de ese tipo.
¿Cómo que qué significa eso? A ver… la plaza de un rey, el rey más importante para los plasentinos, pues fundó la ciudad… y no era conocida como la plaza del rey o la plaza de Alfonso… era conocida como la plaza del caballo… ¡era más importante el caballo que el rey? Si eso no es tener guasa e ideas republicanas que alguien me lo explique. Por eso digo que la III República fue fraguándose poco a poco y detalles de ese tipo demuestran que ya estaban los cimientos en aquellos años en los que todos presumían que la monarquía permanecería intacta. ¡Pero la gente era juancarlista y no monárquica! En clase de historia también deberían haceros reflexionar y no solo embucharos datos como si fuerais chacina…
En fin… ¿prosigo? De acuerdo. Desde mi casa hasta la plaza del caballo no tardaba ni diez minutos: aquel miércoles me planté allí en cinco. Saqué las perrinas del cajero y nos fuimos el taxista y yo hacia la capital extremeña. Me senté delante, tuve suerte, era un hombre muy simpático. Me ofreció chicle y conversación: me contó que era de Montehermoso, que había estado viviendo bastante tiempo en Madrid, que lo echaba de menos. Me habló de su único hijo, Hugo, que fue concebido en Badajoz y nació en Plasencia; bueno, mejor dicho, fue fecundado en el Materno de Badajoz, y por eso “le” llamaban Hugo el portugués… Me miró con ojos picarones cuando me dijo eso, yo ya le había dicho que era de aquí.
Me llamó Irene, para ver qué había pasado al final. Le conté que iba en taxi pero que no sabía a qué hora llegaría y ella me dijo que no me preocupara que se quedaría en casa, de todas formas teníamos que esperar a su primo que venía de Madrid. En este tipo de situaciones a veces todo es tan normal que parece mentira haber llegado a agobiarse, y es cuando te das cuenta de que no existen los problemas, solo giros inesperados en el guión, en el plan infinito de Dios.
No recuerdo el nombre del taxista, pero sí que me puso canciones de los ochenta: call me, take on me o la de erasure… oh l’amour…
Y con espíritu ochentero, llegamos a Mérida. Puede que contagiados por la movida perdiéramos el rumbo, pero, sinceramente, como ya sabéis por las demás historias que os he contado…: ¡Nos perdimos… Para no variar! Llamé a Irene que me sirvió de apoyo y de as de guía, hasta que el camino se iluminó en mi mente y las calles, las farolas, los árboles y los pisos me resultaron familiares. Doblamos hacia su calle. Y de repente, nos estábamos saludando a voces por el móvil porque se asomó a la ventana de su casa.
Me despedí agradecida del taxista, le di el dinero (1€/km) sin asomo de arrepentimiento ni nada que se le pareciera. Salí eufórica, mis piernas se hacían la zacandilla, mis manos se estorbaban la una a la otra, la sonrisa me tiraba de la cara, el estómago soportaba el vuelo de trescientas mariposas aleteando sin parar… ¡Estaba en Mérida!
Crucé la calle, observando los rayos del sol hecho zumo de naranjas, o como cantaría el Robe “El cielo estaba rojo como una amapola, los ojos también rojos de no haber dormido”, respiré hondo, como antes de salir del cuarto la mañana de Reyes Magos. ¡Estaba en Mérida! Todo parecía estar acorde con las canciones de Extremoduro, y todas las canciones parecían encajar como la banda sonora de mi vida… Cada una me devolvía un momento vivido, una persona amada, y mi cuerpo me estaba diciendo que esa noche anclaría futuros recuerdos, con música de fondo, de frente, de lado, por dentro, más adentro…
De cómo la abuela viajó en taxi de Plasencia a Mérida para ver a Extremoduro. Capítulo 2
Sinfonía en 5 cantos. Canto II
¿Por dónde iba?
Eso, exacto, oí una voz… miré hacia abajo… y me encontré a un vecino de puntillas, junto a la rampa.
“Que si tienes llaves” me preguntó. “Sí, pero me parece que no me vale ninguna. Voy a probar desde fuera”. Coloqué de nuevo el coche en mi plaza, subí con el vecino a la puerta de la calle de la cochera. No iba nada: ni llaves, ni mando, ni patadas, ni amenazas, ni maldiciones susurradas… NADA.
Empezamos a hablar de todos los problemas que había dado a lo largo del curso la puerta. Decidimos subir a hablar con la presidenta de la comunidad pero nadie abría… mal momento para llamar de puerta en puerta, todo el mundo de vacaciones, parecía Belén cuando María iba arrastrando su embarazo. Cada vez estaba más desesperada, pero al menos no estaba sola. No obtuvimos respuesta de ninguna casa, así que optamos por esperar en el portal a ver si algún vecino llegaba. Cuando pasaron unos ochenta minutos y yo ya era consciente de que no iba a llegar a Mérida a la hora que había quedado llamé a Irene. Ahí parecía que aún podía ocurrir un milagro como el que sucedería una semana después, pero está claro que la suerte se sirve en tacitas y el destino había decidido escanciarme esa copa para otros menesteres. Estoy convencida de que se lo tomó a broma, incluso que era un excusa porque me había entretenido y no me daba tiempo a llegar.
Al rato mi compañero de espera, se fue al trabajo, no sin antes consolarme con su mal: “Mañana me voy a la playa que me están esperando los niños, espero poder irme”, sus palabras tomaron forma y reverberaron en alguna parte de mi sistema de alerta, pero sabiamente, mi cerebro las guardó y solo las volvió a sacar justo antes del milagro que os acabo de mencionar… síiii… que síiii… que ya os lo contaré… vamos por partes que si no no termino con esto nunca…
No creo que estuviera ni medio minuto allí sola… volví a la ruta de las puertas, a llamar cada vez con menos paciencia y más desconsuelo. Sin respuesta. Volví a la cochera. Empezaron las lágrimas a amontonarse en mis ojos impidiendo el flujo normal del aire. Me iba a dar un ataque de ansiedad. Tanto tiempo esperando el concierto, consolándome con el concierto, era solo un concierto sí, pero cuanto más difícil me parecía que pudiera sacar de allí el coche más ganas tenía de ir, como si me fuera la vida en ello, como si pudiera pasar algo que cambiara el resto de mis días. Subía y bajaba la rampa… Miraba el polito blanco… Pensaba en el accidente, en el Xsarita, en la rueda de la fortuna sin parar de moverse como un molinillo de aire en medio de la corriente, sentí vértigo. Y me consolé en mi hermana Pilar. Estuvimos hablando por el móvil, a mí se me salía el alma por la garganta. “Nena, llama a un cerrajero”. Algo tan simple…
Y la nena, subió a su casa, cogió las páginas blancas, volvió a bajar al refugio de la puerta, con más esperanza que fe, por si se enternecía con mi queja y se abría, al modo que acostumbraban las rocas del locus amoenus de las églogas de Garcilaso. Llamé al cerrajero y me estuvo calentando la oreja mientras me decía sin interés que tenía que esperarme a que llegara su jefe, después si el jefe no tenía nada pendiente iría a mi garaje, después haría un diagnóstico, más tarde un presupuesto, una vez que se lo aprobara la comunidad y dependiendo de la urgencia de la situación, se pondría a arreglarlo. “¿Cuánto tiempo crees que pude pasar hasta ese punto?” Se echó a reír y me dijo que no creía que ni para esa noche… Yo, en ese momento, con la dirección de su trabajo en una mano, no sabía si ir para allá y abofetearlo, si echarme a llorar o qué demonios hacer… “Vamos, que me puedo buscar la vida, que el coche se queda aquí, ¿no?” “Más o menos” y volvió a echarse a reír. Se me cayeron las defensas y la cordura a los pies y yo empecé a reírme también. Llamé a la estación de autobuses… llegaría sobre las 10 y media, demasiado tarde… a la estación de tren (hasta las 10 y media no salía… a las diez y media estaría el Robe cantando Decidí por lo menos). Empecé a tararear la canción “hoy lloré, se me habrá metido un poco de arena…” Volví a llamar a vuestra tía abuela.
- Estoy por cogerme un taxi… pero veremos a ver la broma por lo que me va a salir… Pero solo de pensar en quedarme esta noche aquí sabiendo que…
- Mani, tú quieres ir al concierto, ¿no? Pues ya está (no esperó ni a que asintiera) te coges el taxi y punto, lo que cueste costó, tienes el dinero y tienes las ganas.
Y me fui volando al maletero, cogí los bártulos, subí a saltos las escaleras, salí del portal y llamé al centro de taxis de Plasencia.
- ¿Oiga? Dos preguntas, mejor tres… La primera: ¿Me puede llevar hasta Mérida? ¿Sí? ¿De verdad? Esas dos últimas no cuentan como preguntas, ¿vale? ni esta… La segunda y la tercera: por cuánto me va a salir la broma y si admiten tarjetas de crédito…
Continuará
De cómo la abuela viajó en taxi de Plasencia a Mérida para ver a Extremoduro. Capítulo I
Me debo a mí misma el contarme lo que pasó en el concierto del día 13 de agosto. Cuando me acercaba a Mérida, después de toda la tensión vivida las horas previas, solo podía reírme y pensar en que podría llegar a ser una historia para regalarle a los nietos.
De cómo la abuela viajó en taxi de Plasencia a Mérida para ver a Extremoduro
Sinfonía en 5 cantos: canto I
Plasencia, 13 de agosto de 2008. Tenía 27 años y muchas ganas de escaparme a Mérida. Llevaba soñando con ese concierto desde hacía más de un año. Estuve a punto de ir a otro pero era año par, año de oposiciones, y mi sentido de la irresponsabilidad me obligó a quedarme e intentar hacer algo como leerme un temita al menos, por aquello de que lo mismo caía… y cayó.
Teníamos las entradas compradas cuando al padre de mi amiga Irene le regalaron cuatro, pensamos en que lo mismo podíamos vender las que compramos y entrar con las invitaciones, pero no dejaba de ser una patada en el culo.
Llegó el día D y por la mañana estaba con las maletas desordenadas y con miedo, como siempre que tengo que viajar. Porque los viajes, todos, tienen para mí ese halo y ese algo de misterio, de no saber qué ocurrirá durante el camino, de no saber qué ocurrirá cuando se llegue. Son todo posibilidades infinitas y tanto poder me hace sentir la certeza de que la magia existe.
Y con tanta magia flotando y revoloteando alrededor de la cabeza de vuestra abuela… ya sabéis qué pasa: me senté en el suelo, cogí la cajita de madera, la abrí, saqué el fardito arcánico, desenvolví las cartas de su pañuelo, lo extendí frente a mis piernas cruzadas, como las tengo ahora, sí justo así, pero tú no lo intentes que sabes que siempre te haces daño… ea, pues haz lo que quieras, luego no me eches las culpas cuando le vayas a tu madre con la queja… como os decía… y las dispuse en la forma de la cruz celta. No me acuerdo, como siempre de lo que decía o de las cartas que eran. Pero recuerdo que había una tribulación en medio de todo tras lo cual merecería la pena lo que ese día iba a pasar.
Al final, de tanta emoción, contenida, descontenida, fisionada y fusionada, comí con prisa, me depilé con prisa, hice la maleta con prisa, se me olvidaron las gafas y mil cosas más que tendría que haberme llevado a casa de los bisabuelos… Pero salí a la hora programada de mi ático, cerré, sin echarle la vuelta y acordándome de las radiografías.
Bajé, metí las cosas en el maletero, me fui hacia la maldita cuesta, me santigüé, le di al botón del mando, una vez… dos veces… tres… cuatro… eché el freno de mano, salí del coche, le di al botoncino verde que abría la puerta cuando los días de lluvia el mando no quería hacer su trabajo… y la puerta no se abría… NO SE ABRÍA
Oí una voz
Niños, nos llama vuestro padre para comer, luego os sigo contando… ‘enga, daos prisa que tengo más hambre que el perro de chocapí
Primos y amigos
Con los primos se juega: a las cartas, a los legos, a los playmobil, al amor…
Se unen la necesidad de aprender y la curiosidad con la confianza: plena confianza porque el pecado es el mismo y el secreto está asegurado, y como dijo el Hijo del Hombre, “quien esté libre… que tire la primera piedra”. Es obligado el disimulo, el volver a empezar al salir del cuarto a oscuras donde los de fuera pensaban que se dormía una siesta. Primos cuando hay público, experimentadores de sentidos y sensaciones en privado.
Diferente es cometer el delito con otros años, porque ya está todo aprendido, no hay excusa, solo vicio. Diferente es jugar al amor con un amigo, aunque la piel tiemble igual de fisgona al traspasar lo que antes fueron caricias inocentes a un tacto cargado de intención. El problema deja de ser el ser descubiertos y pasa a ser la certidumbre de la posibilidad. Nada impide otros encuentros. Nada impide retomar los muerdos en el rincón donde fueron dados. Nada. Solo el miedo. Miedo a perder las miradas puras, asépticas, llenas de un querer recíproco e inmortal. Miedo a que se confundan los gestos, a que los ojos vean otras intenciones, a que las palabras y las sonrisas escondan un nuevo sentimiento, miedo a que surja una nueva necesidad de sentirlo al lado, miedo a que uno de los dos no sienta el cambio, miedo a que los dos quieran lo mismo y que con el tiempo los problemas se conviertan en problemas de pareja, porque ya no tienes al oído confidente de tu amigo para que te consuele y aconseje. Miedo a perder con la relación una amistad vieja e insustitutible.
Cuanto mayor nos hacemos más nos domina el miedo, puede que sea porque ya conocemos las pérdidas y los adioses, porque ya somos conscientes de lo que nos estamos jugando.
Aquí cada uno reacciona según su concepto de la muerte: puedo asomarme al abismo y lanzarme, saltar aun sabiendo que el suelo es el único que me abrazará al llegar… y cuando no lo tengo claro, pero el cuerpo responde, me sigo dejando llevar, aunque no me atreva a dar el primer beso, lo recibo. Puede que sea porque con el tiempo todos follamos sin escrúpulos cuando dejamos algún sueño a la deriva, puede que sea porque sobreviví a varios suicidios cuando era niña.
Y después de acercarnos, después de alejarnos, siempre queda la duda de si fue la decisión correcta el mantener las distancias de la proximidad. Y como no viniendo a cuento, como si la penitencia impuesta fuera realmente con otra falta, uno de los dos arranca a decir “nunca sabrá que sacrifiqué uno de los pocos sueños que me quedaban vivos, para redimirnos”.
de lágrimas
Hubo un tiempo en el que desaprendí a llorar. Fue después de la despedida más dolorosa, por el absurdo sin sentido en el que se vio envuelta. A una de mis hermanas le dio por desaprender a reír. A mí se me secaron las lágrimas y a ella las sonrisas. Nos vimos empapadas, desde lugares opuestos, de la misma melancolía y mirada de viejo desesperanzado. Ella que era la muñequita alegre se tornó silenciosa, yo que era la muñequita tenebrosa me volví aséptica.
Pero aprendimos a curarnos, primero de forma sutil, tímida y por último una noche de verano de 1997 ella rompió a reír y yo a llorar. De felicidad las dos, obvio, de tranquilidad y esperanza porque floreció un clavel en mis manos, metáfora para ella, realidad para mí. Descubrimos que las despedidas no existen, que solo hay que esperar el momento del reencuentro. Cuando entre las personas existe un amor profundo, admiración verdadera y empatía, ni si quiera la muerte es capaz de romper ese vínculo. Es una verdad que intuíamos, que nos habían contado, pero aquella noche la sentimos desde nuestra piel hasta las entrañas de nuestra alma.
Y de vez en cuando, las fronteras de la vida abren sus puertas y se pasean nuestros seres amados para echar un vistazo a la vida que quedaron en el mundo. Y nos besan y nos hablan, pero con besos sin tacto y con un lenguaje sin palabras, puro sentimiento, pura esencia… Llamadme platónica, pero existe una realidad sin forma, si sois capaces de aprehenderla seréis capaces de comunicaros con los muertos.
