De cómo la abuela viajó en taxi de Plasencia a Mérida para ver a Extremoduro. Capítulo 4

Sinfonía en 5 cantos. Canto IV

¿Qué más puedo deciros? Estaba tan nerviosa, tan pletórica. El resto del tiempo pasó volando a cámara lenta.

La casa de Irene me fascinaba. Había visto todas sus fases y habían conseguido que oliera a hogar, que los lares estuvieran felices allí. Pude respirar tranquila. Recuerdo perfectamente la luz. No sé de qué hablamos, supongo que nos pondríamos al día rápidamente, estábamos algo alteradas las dos entre la emoción del concierto y el reencuentro. Pero la luz, aún puedo sentirla, cálida y amable, como todos los atardaceres de verano en las vegas del Guadiana. Tiene una halo especial, porque se disfraza de la humedad del río, tan densa, tan ancha como su caudal, pero refresca, acaricia. Nuestra luz tiene otro dorado distinto, no es tan cobriza como la del mar, ni tan malvada como la de los pueblos del norte con ríos breves y fugaces. La luz llenaba aquella casa envolviéndonos como los polvos mágicos de Campanilla, reconfortándome, como si solo con desearlo pudiera echarme a volar.

Sé que todavía estaba nerviosa, de hecho hasta que no terminó la cuarta canción del concierto no me tranquilicé. Las dos pendientes del teléfono, Irene por su primo y yo por mi hermana. Me palpitaba tan fuerte el corazón que estoy convencida que de haber llevado más escote se habría notado su latido.

Nos fuimos a recoger a su primo. Mientras esperábamos, nos dio tiempo a comprar chucherías y a hablar con el farmacéutico, tanto como para casi conocer los entresijos de su vida… ¿Nos daría tiempo a llegar?

El primo de Irene por fin apareció en escena, era un tío alto… con andares tranquilos, ojos pícaros… Me recordó a como me imaginaba a mi abuelo de joven. Me gustó. Tenía algo que me ponía nerviosa, o puede que fueran todas las emociones del día mezcladas, no sé… el caso es que había algo en él que me reconfortaba y me atraía. Después, las circunstancias saciaron mi curiosidad, porque vuestra tía abuela Pilar se fue por otro lado, ninguno de los dos conocíamos a los amigos de Isra, y, después de casi todo el día sin verse, Irene e Isra revoloteaban uno alrededor del otro sin darse cuenta de que no podían estar mucho tiempo separados. Así que no nos quedó más remedio que entendernos, pero fue muy fácil desde el principio.

Después de las presentaciones, nos despedimos del farmacéutico. El primo de Irene condujo como si siguiera en Madrid, pero nos estampamos contra un pasacalles de las naciones del mundo… y aparecieron bailarines vestidos de colores, timbales que hacían retumbar las notas desde los pies hasta la frente, bombeando la sangre y llenándola de ritmo, como si fueran carnavales… Por esquivarlos terminamos dando un rodeo por el centro de Mérida: un par de piedras romanas por aquí, una esculturilla en medio de una rotonda por allá y el vértigo histórico aumentando mi ansiedad. Me pasa siempre, como cuando miro al cielo de noche y me pierdo en las estrellas y me siento insignificante, perdida, pero totalmente viva porque soy consciente de que formo parte de algo infinito y maravilloso.

Salimos de Mérida. Bordeamos el río. Empezaron a aparecer caminantes vestidos de negro, greñudos, andando como si acabaran de terminar con el botellón o con toda la grifa de los alrededores; todos hacia la misma dirección, como niños tras el flautista de Hamelín, embrujados. Un cosquilleo me recorrió. Es lo que pasa siempre cuando te acercas a algo deseado, como cuando te acercas al mar, que no lo puedes ver pero lo hueles, lo sientes humedecerte la piel, erizarte el pelo. ¡Estábamos allí! Después de todo, después de un día tan largo, de tantos nervios, de tantas ideas por la cabeza… Estaba allí. Había llegado a la cumbre. Inhalé todo el aire, todos los vapores etílicos, marihuánicos, el espíritu del río, de la tierra rojiza, de los trigales. Los comulgué.

Buscamos a la tita Pilar. La encontramos. Estaban por allí Rubén y Antonio con sus respectivas. Besos sonoros. Contacto. Miradas que se ponen al día sin palabras. Bocas expresando más con las sonrisas, estableciendo una comunicación de alma a alma.

Nos despedimos. Buscamos a Isra. Lo encontramos. Los teloneros estaban dentro, esperándonos sin saber que no entraríamos hasta que se callaran. Ya faltaba menos. El día se enfriaba y se vestía de negro.

Solo quedaba una cosa… poder vender las entradas que nos sobraban…

continuará :P

Mérida, 13 de agosto de 2008

Mérida, 13 de agosto de 2008

~ por Mani Caldito en 8 Octubre, 2008.

Una respuesta to “De cómo la abuela viajó en taxi de Plasencia a Mérida para ver a Extremoduro. Capítulo 4”

  1. siempre me quedo con muchísimas ganas de seguir con la historia!!!!
    es adictiva!!!!!
    te quiero princesa
    pd:con muuuuuchas ganas de poder leer el 5º

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