De cómo la abuela viajó en taxi de Plasencia a Mérida para ver a Extremoduro. Capítulo I

Me debo a mí misma el contarme lo que pasó en el concierto del día 13 de agosto. Cuando me acercaba a Mérida, después de toda la tensión vivida las horas previas, solo podía reírme y pensar en que podría llegar a ser una historia para regalarle a los nietos.

De cómo la abuela viajó en taxi de Plasencia a Mérida para ver a Extremoduro

Sinfonía en 5 cantos: canto I

Plasencia, 13 de agosto de 2008. Tenía 27 años y muchas ganas de escaparme a Mérida. Llevaba soñando con ese concierto desde hacía más de un año. Estuve a punto de ir a otro pero era año par, año de oposiciones, y mi sentido de la irresponsabilidad me obligó a quedarme e intentar hacer algo como leerme un temita al menos, por aquello de que lo mismo caía… y cayó.

Teníamos las entradas compradas cuando al padre de mi amiga Irene le regalaron cuatro, pensamos en que lo mismo podíamos vender las que compramos y entrar con las invitaciones, pero no dejaba de ser una patada en el culo.

Llegó el día D y por la mañana estaba con las maletas desordenadas y con miedo, como siempre que tengo que viajar. Porque los viajes, todos, tienen para mí ese halo y ese algo de misterio, de no saber qué ocurrirá durante el camino, de no saber qué ocurrirá cuando se llegue. Son todo posibilidades infinitas y tanto poder me hace sentir la certeza de que la magia existe.

Y con tanta magia flotando y revoloteando alrededor de la cabeza de vuestra abuela… ya sabéis qué pasa: me senté en el suelo, cogí la cajita de madera, la abrí, saqué el fardito arcánico, desenvolví las cartas de su pañuelo, lo extendí frente a mis piernas cruzadas, como las tengo ahora, sí justo así, pero tú no lo intentes que sabes que siempre te haces daño… ea, pues haz lo que quieras, luego no me eches las culpas cuando le vayas a tu madre con la queja… como os decía… y las dispuse en la forma de la cruz celta. No me acuerdo, como siempre de lo que decía o de las cartas que eran. Pero recuerdo que había una tribulación en medio de todo tras lo cual merecería la pena lo que ese día iba a pasar.

Al final, de tanta emoción, contenida, descontenida, fisionada y fusionada, comí con prisa, me depilé con prisa, hice la maleta con prisa, se me olvidaron las gafas y mil cosas más que tendría que haberme llevado a casa de los bisabuelos… Pero salí a la hora programada de mi ático, cerré, sin echarle la vuelta y acordándome de las radiografías.

Bajé, metí las cosas en el maletero, me fui hacia la maldita cuesta, me santigüé, le di al botón del mando, una vez… dos veces… tres… cuatro… eché el freno de mano, salí del coche, le di al botoncino verde que abría la puerta cuando los días de lluvia el mando no quería hacer su trabajo… y la puerta no se abría… NO SE ABRÍA

Oí una voz

Niños, nos llama vuestro padre para comer, luego os sigo contando… ‘enga, daos prisa que tengo más hambre que el perro de chocapí


~ por Mani Caldito en 31 Agosto, 2008.

3 comentarios to “De cómo la abuela viajó en taxi de Plasencia a Mérida para ver a Extremoduro. Capítulo I”

  1. No se puede dejar una historia a medias de esa manera!!.

    ¡Por cierto, no sabía que extremoduro iba a sacar disco nuevo!!. ¡¡QUE PEDAZO DE CANCIÓN!!.

  2. espero seguir disfrutando con la lectura de tus próximos relatos tanto como lo he hecho con este.

    “me encanta el uso de los puntos suspensivos en el último párrafo”

    ;)

  3. [...] qué hacer mejor que escapar el día antes del examen final de Historia del Arte]), en cuarto con Irene y Alicia y en quinto con el Retra, Polo y Mari para ver una exposición en el Palacio de [...]

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