La cara oculta de la luna

•20 Mayo, 2009 • 3 comentarios

Dos días odiando el mundo y a la humanidad.

Sí, lo reconozco, os odio.

Con la intensidad que odian los adolescentes: con toda mi alma, con todo mi ser, con mis entrañas. Quiero acabar con vosotros, haceros daño, veros sangrar, agonizar, suplicar clemencia… quiero dejaros morir.

Se me acabó el amor, la esperanza, la dicha.

Solo respiro coraje, ira, impotencia, rabia. Lo bello me repugna. Quiero destrozarlo todo, quiero gritar, pero se me muere la voz en la garganta; quiero llorar pero están secas mis lágrimas.

¿Motivos? No tengo y los tengo todos: soy un ser despreciable que no hace otra cosa que envidiar lo que tenéis y que siempre se me negó, lo único que me importó en la vida sigue estándome vedado, fuera de mi alcance… por más que pasen los años no me acerco, por más que luche o corra se me escapa. Estoy harta de estar cansada, de compadecerme, solo quiero odiar. Al menos odiando puedo respirar.

El Aranjuez de Rodrigo

•9 Abril, 2009 • Deja un comentario

Concierto de Aranjuez – Rodrigo

No te lo dije nunca, pero cuando era virgen soñaba con hacer el amor a la luz de las estrellas, al calor de las velas, vestida solo con la música de este concierto.

Tenía la sensación de que el sexo debía ser como el amor: amargo, doloroso, intenso, luminoso… dulce, dulce… dulce.

De la lista de cosas que te debo y me debes hoy pongo en destacados y subrayo con el color de las luciérnagas esta: que me hagas volar al ritmo de estas notas, que me transportes al momento en el que mi alma te reconoció mucho antes de conocerte.

Cuéntame…

•29 Marzo, 2009 • 3 comentarios

… aquellas historias que teníamos pendientes

Mi mamá me mima

•28 Febrero, 2009 • 6 comentarios

Como he perdido un par de kilos en lágrimas estos días, mi madre me ha nutrido con fresones.

Fresones que no caben en la boca, que hay que partir a muerdos.

Y los voy limpiando uno a uno, como quien lava la cara de un niño. Respiro el olor que inundan mis manos.

Lentamente acaricio las semillas con mis labios, muerdo despacito para disfrutar de la explosión del sabor que llena mi boca, deshago con mi lengua la carne rosa, como quien disfruta del último caramelo, del último bombón.

Los comulgo, como lo comulgué a él una vez. Me voy despidiendo, trago a trago. Me voy curando, muerdo a muerdo… y ya solo queda el sabor dulce del recuerdo, que ya no podrá volver a ser nunca más amargo.

Mi mamá me mima, mi mamá me cura, mi mamá me reconstruye el alma.

Gracias, infinitas gracias a los que habéis estado a mi lado estos días de oscuras nieblas

Tu casa

•4 Febrero, 2009 • Deja un comentario

No recuerdo de qué estaríamos hablando, pero mencioné tu casa. Entonces miró hacia abajo, empezó a pellizcar su vestidito verde y con la voz entrecortada, a punto de llorar, logró decir: “No quiero volver”

- Pero ¿por qué?

- Porque… porque ahora olerá a ella, estarán sus libros en el salón, su ropa en el armario, su taza, su gel, sus zapatos… Ahora es imposible ignorar su presencia impregnada en las paredes… ya se habrán borrado las marcas que hicimos nosotros, ya no hay sitio para mí.

No pude consolarla más que con mis brazos, tenía razón y las dos lo sabíamos. La acuné, revolví sus cortos rizos negros y nos quedamos dormidas.

Una historia de terror

•29 Enero, 2009 • 7 comentarios

Basada en hechos reales

No me levanto de la cama: no es pereza, es miedo…

Sé que ella está tumbada bajo mi cuerpo, pegada al colchón, simétrica, como un reflejo de mí misma. Noto su respiración, sé que me deja oírla para que recuerde que está esperando, esperando a que mis piernas o mi mano salgan de la cama, para agarrarme con su áspera piel, con sus fríos y húmedos dedos…

Una vez lo hizo, se encargó de que percibiera su presencia toda la noche y no pude dormir; estaba dolorida, rendida. Reptó hacia mi lado de la cama, me tapó la boca e intentó arrancarme el alma. Fue capaz de elevarme unos metros, estaba horrorizada, paralizada de terror. Me retorcía la piel con tanta fuerza que parecía que me arañaba desde dentro. Nunca había estado tan cerca de ella, nunca había sido tan consciente de mí misma. Sentía su odio expandirse, atravesarme, zarandearme. Impotente recolecté las escasas fuerzas que tenía para seguir viva y entonces se apoderó de mi cuerpo. Me alejaba en espíritu, ella me expulsaba de mí misma y se iba quedando con mis brazos, iba rellenando mis huecos. Al mirar hacia abajo y verla apoderarse de mí, ver cómo transformaba mi mirada en un cuchillo frío, mi boca en una mueca sádica, recordé a mi madre. No pude soportar la idea de que aquel ser despreciable y horrible estuviera cerca de ella, que se apoderase del amor que sentía por mí para hacerle daño y ese sentimiento me dio fuerza para volver en mí.

No me lo perdona. Desde entonces noto crecer su ansia, su ira. En cuanto baje la guardia me arrebatará mi cuerpo y mi vida y destrozará en mi nombre todo lo que amo, destruirá lo único que me importa: el cariño de los míos.

Por eso no me levanto de la cama: es miedo…

Noto su risa satisfecha, la sofoca roncamente para que solo la oiga yo. Se ríe porque cada día que consigue retenerme en esta tumba de sábanas y edredones está ganando otra batalla…

Hoy

•23 Enero, 2009 • 2 comentarios

¿Cuántas veces tu sistema de alerta se ha disparado? ¿Cuántas veces has sentido miedo? ¿Cuántas veces todo tu cuerpo estaba esperando que algo estallara? ¿Cuántas veces tu piel se ha endurecido dispuesta a recibir un golpe asumido…? ¿Cuántas al escuchar que la comida estaba fría o muy caliente o sosa…?

Da igual las veces que pasen, nunca te acostumbras. El alma se hace diminuta, se escurre y se esconde, como si a oscuras entre las entrañas no le hicieran daño, como si allí no llegaran las palabras, el silencio, las amenazas…

¿Por qué te extraña que me dé miedo, que tiemble? ¿Por qué te sorprende que aunque mi boca sonría mis ojos aún tengan tanto que llorar?

Da igual las veces que pasen… porque mañana, o dentro de un par de días o semanas volverá a encogerse mi alma.

Mi primer amigo

•25 Diciembre, 2008 • 11 comentarios

Mi primer amigo se llamaba Juan y era mi abuelo.

Como me gustaba leer él me transportaba a mundos maravillosos con libros que me dejaba gota a gota, llenando aquella entrega de misterio. Y así conocí a Aladino, a Alí Babá y a Simbad, a Hércules y a Medusa; así supe que existían las hadas y los gigantes, los dragones y las caballos alados, los unicornios y las sirenas.

Como se me daba bien el dibujo me enseñó a coger los lápices, a hacer trazos imborrables, me regaló la alquimia de los colores, me mostró los castillos de sus sueños (dentro de ellos yo veía príncipes secuestrados custodiados por brujas y vampiros).

Como un día leyó en mis manos mi futuro me enseñó a dibujar las letras y me legó su ritual…
Parecía un prestidigitador sacando y colocando sobre el tablero sus herramientas. Bailaban con suavidad sus manos mientras las acariciaba. Me hechizaba su movimiento, el olor de la tinta, el sonido del tintero, el rito del relleno… Las letras decoraban de negro el sepia del papel. Aquella pluma hacía surgir las palabras como por encantamiento, las invocaba, las transportaba desde algún reino lejano e invisible hasta mis ojos. El puente que cruzábamos los dos en aquellos momentos era el mismo que cruzaba yo al abrir un libro, al trazar el primer rasgo de un dibujo. Entonces nos mirábamos los dos, se daban las manos nuestras almas y él se hacía niño y yo anciana. Cuando eso pasaba el mundo real se desmoronaba, desaparecía y podíamos escondernos entre letras, entre montañas, estrellas, entre nieblas, árboles…

Nueve años después de qué él muriera, mi padre, en mi cumpleaños, me dio un regalo de parte de mi abuelo. Estaba nervioso, si no lo conociera diría que avergonzado, dudaba… Abrió su cajón y sacó un estuche que no reconocí. Lo destapó. Se me desmoronaron corazas que ya no sabía que tenía. Mientras mi padre me explicaba su funcionamiento yo no escuchaba ya, solo miraba aquella pluma dorada y negra, aquella cima blanca coronada de nieve y se amontonaron en mis ojos junto a las lágrimas las tardes juntos, las canciones durante los viajes, nuestros secretos, nuestra complicidad…

Se la arranqué de las manos, subí corriendo a mi cuarto, la limpié según sus ritos… Y desde entonces la usé en cada uno de mis exámenes. La ceremonia que imitaba religiosamente me tranquilizaba antes de salir a la Facultad. Una vez allí el folio blanco parecía temblar deseoso de poseer las caricias de nuestra pluma. Sentía a mi abuelo junto a mí, observándome absorto como yo a él diez años atrás. Vestíamos el blanco de palabras negras… me parecía que los márgenes eran más limpios, las líneas más rectas, como si estuviera enmarcando una obra mágica, un códice único.
Todos los exámenes que dibujé con esa pluma obtuvieron buenos resultados, mejores de lo esperado, como si hubiesen valorado la elegancia que mi abuelo me había dado en herencia, que fluía en aquella pluma de punta imposible.

Diez años después de que ella fuera mía, un ángel que llegó a mi vida me otorgó su bendición, entregándome un arma única que tenía también alma. Con una misión que cumplir con ella, esgrimirla para engendrar arte. Con varias condiciones: protegerla, guardarla y entregarle este don a otra persona que considerase digna de este legado.

Y él tenía la cima nevada volando, flotando en el infinito, en un infinito eterno y profundo como el océano que refleja en sus ondas un firmamento plateado de Luna.

Pongamos que hablo de Madrid

•21 Diciembre, 2008 • Deja un comentario

BSO: Pongamos que hablo de Madrid – La Mandrágora

“Historia de amor y de odio a una ciudad invivible pero insustituible”
Regresé siempre como fugitiva…
Viajé en ascensores que llené de deseo…
Me dejé el alma y la vida en sus rincones; en sus calles y en sus hostales, el amor y la inocencia…

Me dijo una vez que yo no estaba hecha para Madrid…

Llego y me voy de esa ciudad con las mismas ganas, la misma nostalgia, el mismo deseo de que allí todo sea posible, con la misma certidumbre de que ahí se esconde mi tesoro.

Antes de recorrer Madrid a su lado podían contarse con una mano las veces que fui: con el colegio de pasada, en primero de carrera a una manifestación de INEF (en verdad queríamos ver el Museo del Prado [en verdad no sabíamos qué hacer mejor que escapar el día antes del examen final de Historia del Arte]), en cuarto con Irene y Alicia y en quinto con el Retra, Polo y Mari para ver una exposición en el Palacio de Cristal.

Todas las veces llegué expectante, con miedo, no de la ciudad… sino de mí misma. Todas las veces fue una decisión tomada precipitadamente, todas las veces no me lo terminaba de creer aunque estuviera metida en el autobús. Todas las veces al llegar me sentía como en casa, me orientaba por las calles como el emigrante que vuelve al pueblo, como si cada esquina guardara un antiguo recuerdo de mi niñez, un deseo olvidado. Esa ciudad me sabía a poesía, a café, a periódico, a Quevedo, a Galdós, a Salinas… Una parte de mí amaba esa ciudad.

Amor, sí, pero amor y odio: como el amante despechado al reencontrarse con su amada y ver que ella finge no reconocerlo.

He paseado sola por el centro sin perderme y me he perdido por el resto conduciendo. Como si me hubiera confundido el paso del tiempo.

Me da miedo Madrid: la soledad con la que te amenaza tal cantidad de gente corriendo sin mirarte, la invisibilidad con la que te cubre la muchedumbre y las avenidas infinitas por las que se mueve. Me da miedo Madrid: enamorarme de esa ciudad y que cuando la muerte venga a visitarme le diga “aquí he vivido, aquí quiero quedarme”.

Cuando perdí mi inocencia, en la radio pusieron “Pongamos que hablo de Madrid”.

Despierta, mi niña…

•4 Diciembre, 2008 • 6 comentarios

Hace diez años el cuatro de diciembre fue también jueves…

Estaba estudiando en Cáceres, conocía la libertad por primera vez, la independencia. Aprovechaba cada segundo para disfrutar de todo lo que hasta entonces no había podido hacer, pero aquella noche fue diferente.

Seguramente fue el primer jueves que no salí. Hacía frío, estaba el cielo rosado de lluvia rebosante, como hoy.

La noche prometía, era el último jueves antes de la fiesta de navidad; habíamos decidido hacer un adelanto de mi cumpleaños e ir arando el terreno para recoger frutos en la fiesta. Pero me sentía insignificante, vulnerable, débil… iba creciendo esa sensación junto al miedo, la soledad… y la tristeza empezó a vestirme.

Por eso decidí no salir y el que fuera jueves me permitía estar a solas conmigo misma: sin amigas, sin compañera… para revisar si las heridas eran viejas cicatrices abiertas o el presentimiento de nuevas ausencias, para lamerlas, para curarme.

En cuanto se fueron me acurruqué en la cama. Me quedé dormida. Desperté en sueños o soñé en despertar… y vi la sombra de un hombre alto levantarse del asiento que había encontrado en mi cama. Al principio me extrañé, pero me sentía tan tranquila, tan a gusto, tan a salvo, que no le dije que se fuera, simplemente me limité a observarlo.

Lo reconocí, me sonrió y sus ojos me arroparon, llenándome de paz, de calor, de amor.

“Cuida de tu madre”… y su voz lo inundó todo, tiritó mi alma, sonreí.

“…¡Qué suerte va a tener el hombre del que te enamores…!” me dijo mi abuelo cuando se despidió de mí…

A la mañana siguiente, el eco de su voz me susurró “Despierta, mi niña” y yo no volví a tener despertar tan dulce… Tuve la sensación de ir volando hacia el baño, me sentía tan querida, tan feliz que no podía dejar de sonreír, me miré al espejo y me vi como él me veía y por primera vez en mi vida me sentí hermosa. Entendí que aquella noche había venido a despedirse, así que le dije adiós, con lágrimas cálidas limpiando mi sonrisa.