Mi primer amigo se llamaba Juan y era mi abuelo.
Como me gustaba leer él me transportaba a mundos maravillosos con libros que me dejaba gota a gota, llenando aquella entrega de misterio. Y así conocí a Aladino, a Alí Babá y a Simbad, a Hércules y a Medusa; así supe que existían las hadas y los gigantes, los dragones y las caballos alados, los unicornios y las sirenas.
Como se me daba bien el dibujo me enseñó a coger los lápices, a hacer trazos imborrables, me regaló la alquimia de los colores, me mostró los castillos de sus sueños (dentro de ellos yo veía príncipes secuestrados custodiados por brujas y vampiros).
Como un día leyó en mis manos mi futuro me enseñó a dibujar las letras y me legó su ritual…
Parecía un prestidigitador sacando y colocando sobre el tablero sus herramientas. Bailaban con suavidad sus manos mientras las acariciaba. Me hechizaba su movimiento, el olor de la tinta, el sonido del tintero, el rito del relleno… Las letras decoraban de negro el sepia del papel. Aquella pluma hacía surgir las palabras como por encantamiento, las invocaba, las transportaba desde algún reino lejano e invisible hasta mis ojos. El puente que cruzábamos los dos en aquellos momentos era el mismo que cruzaba yo al abrir un libro, al trazar el primer rasgo de un dibujo. Entonces nos mirábamos los dos, se daban las manos nuestras almas y él se hacía niño y yo anciana. Cuando eso pasaba el mundo real se desmoronaba, desaparecía y podíamos escondernos entre letras, entre montañas, estrellas, entre nieblas, árboles…
Nueve años después de qué él muriera, mi padre, en mi cumpleaños, me dio un regalo de parte de mi abuelo. Estaba nervioso, si no lo conociera diría que avergonzado, dudaba… Abrió su cajón y sacó un estuche que no reconocí. Lo destapó. Se me desmoronaron corazas que ya no sabía que tenía. Mientras mi padre me explicaba su funcionamiento yo no escuchaba ya, solo miraba aquella pluma dorada y negra, aquella cima blanca coronada de nieve y se amontonaron en mis ojos junto a las lágrimas las tardes juntos, las canciones durante los viajes, nuestros secretos, nuestra complicidad…
Se la arranqué de las manos, subí corriendo a mi cuarto, la limpié según sus ritos… Y desde entonces la usé en cada uno de mis exámenes. La ceremonia que imitaba religiosamente me tranquilizaba antes de salir a la Facultad. Una vez allí el folio blanco parecía temblar deseoso de poseer las caricias de nuestra pluma. Sentía a mi abuelo junto a mí, observándome absorto como yo a él diez años atrás. Vestíamos el blanco de palabras negras… me parecía que los márgenes eran más limpios, las líneas más rectas, como si estuviera enmarcando una obra mágica, un códice único.
Todos los exámenes que dibujé con esa pluma obtuvieron buenos resultados, mejores de lo esperado, como si hubiesen valorado la elegancia que mi abuelo me había dado en herencia, que fluía en aquella pluma de punta imposible.
Diez años después de que ella fuera mía, un ángel que llegó a mi vida me otorgó su bendición, entregándome un arma única que tenía también alma. Con una misión que cumplir con ella, esgrimirla para engendrar arte. Con varias condiciones: protegerla, guardarla y entregarle este don a otra persona que considerase digna de este legado.
Y él tenía la cima nevada volando, flotando en el infinito, en un infinito eterno y profundo como el océano que refleja en sus ondas un firmamento plateado de Luna.